Una crítica a “El cubo de Rubik, arte mexicano en los años 90″

A propósito de una publicación exclusiva para l@s patreons de ODAC, relacionada con “El Cubo Rubik, arte mexicano en los años 90″; Patricia Martín, curadora y escritora de arte, decidió compartir su opinión sobre el libro. Este texto presenta dicha crítica de manera íntegra.

La historia del arte en México en la década de los años 90 es también mi historia. Por eso no pude evitar leer el libro de Daniel Montero desde un lugar personal y desde ese mismo lugar quisiera lanzar algunas precisiones. Montero tiene razón al decir que cuando se cuenta una historia “todos interpretan, falsean las versiones, acomodan sus dichos, se acuerdan de cosas diferentes.” Como ideóloga, creadora y directora de la Colección Jumex, tuve el privilegio de ser parte de quienes construyeron lo que Montero cuenta en su libro, y puedo decirte que esta narración me despierta lo mismo indignación que sospecha. Aquí voy con algunas de mis observaciones:

“El cubo de Rubik” vió la luz mientras Patrick Charpenel era director de la institución que financió dicha publicación. Me parece perverso que el libro se desprenda del estudio de una pieza de su colección personal, sobre todo cuando, como dice Montero, la curaduría nos enseñó que las piezas suben de valor cuando se monta pensamiento e ideología sobre ellas. No es extraño que esta investigación borre mi nombre de forma sistemática, como queriendo desaparecer el trabajo constante que durante casi 10 años realicé en Ecatepec, pensando y creando una colección y fundación que además de tener un valor artístico tenía para mí valor social con potencial para cambiar realidades. Me entristece que todo ese trabajo haya sido tirado por la borda para construir un proyecto de museo incongruente con la realidad de nuestro país. Me indigna que el dinero de un coleccionista como Eugenio López se utilice para validar el trabajo de un grupo de privilegiados que tiene prácticas excluyentes, misóginas, rapaces y casi “monopólicas.” A veces me abruma dimensionar los monstruos que yo misma ayudé a encumbrar. Definitivamente, uno nunca sabe para quién trabaja. Basta hacer una búsqueda rápida en Internet para descubrir los modos de proceder de Patrick, quien hoy sufre las consecuencias de gestionar el Museo del Barrio desde un lugar que es incoherente con las necesidades de las comunidades latinxs en Estados Unidos.

Sobra decir que la historia del arte en México en los 90 es más diversa y compleja de lo que el libro se atreve a enunciar, una investigación a fondo daría cuenta de que no todo se reduce a esos personajes y a esas instituciones: Patrick Charpenel, Jumex, Kurimanzutto, Cuauhtémoc Medina, Gabriel Orozco, El Carrillo Gil, Osvaldo Sánchez… Todos ellos aparecen como los artífices del sistema artístico actual en México, e independientemente de su incuestionable relevancia me parece que sus nombres eclipsan muchos otros, entre ellos el mío, y su labor es abordada de una forma parcial, sesgada y poco crítica.

Este libro tiene un tono apologético sobre algunos modos de ver, crear y comercializar el arte, y da cuenta de una genealogía en la que el autor mismo quiere montarse, un grupo al que quiere pertenecer. ¿No es el papel de los historiadores utilizar la ocasión de una publicación para articular una verdad plural desde la justicia? Me parece que Montero no hace esto último, pues de su “ajuste de cuentas” sólo ellos salen beneficiados y a muchxs otrxs se nos impone el silencio (puedo dar cuenta de algunas exposiciones mías que aparecen mencionadas en el libro, cuya autoría ha sido borrada.  ¿A quién le convenía en ese momento borrar mi nombre de esta historia?, ¿por qué? No dejo de preguntarme si tal omisión es el seguimiento de una orden ex profeso). 

Al respecto de estas omisiones, me parece indignante el tratamiento que se da al trabajo de las mujeres en la publicación de Montero. Raquel Tibol es la única teórica a la que se le reconoce la voz. El trabajo de las otras pocas mujeres que aparecen escritas es reducido, a veces ninguneado, y en casos como el de Minerva Cuevas su obra es validada como una “recomendación de Abraham Cruz Villegas y Daniel Guzmán”. Esto me parece gravísimo. Al respecto de las prácticas misóginas de este grupo, este texto me parece muy pertinente.

Todo esto da cuenta de una práctica que se sostiene en otro par de libros editados durante la gestión de Patrick Charpenel en Jumex en los que se deja a agentes importantísimxs fuera de la narrativa. El Cubo de Rubik se plantea como la búsqueda por llenar “un vacío documental y argumental sobre el arte hecho en México durante la década de los noventa”. Desde los argumentos que expongo, me parece que ese vacío es llenado por una versión que busca no sólo resanar huecos, sino callar las voces de quienes pudiéramos contar esta historia de forma diferente… y ni qué decir de las disidencias que no alcanzan a ser nombradas o vislumbradas desde el horizonte que plantea Montero. Éste es un texto que, como el mismo autor reconoce, va “sobre todo de la Colección Jumex en la Ciudad de México y la de Patrick Charpenel en Guadalajara”. Y ni siquiera esas historias se cuentan de forma justa, pues me parece inconcebible que se hable de Jumex sin hablar del trabajo que ahí realicé. Me enoja que las cosas se cuenten de esta manera, me molesta tener que hacer todo el tiempo este tipo de aclaraciones, pero si dejas que los otros te quiten la voz, entonces definitivamente no existes. 

Patricia Martín.