Del crítico de la imagen a la imagen del crítico: reflexiones sobre la representación del crítico de arte desde el siglo XVIII hasta el XXI | Parte 1

Del crítico de la imagen a la imagen del crítico: reflexiones sobre la representación del crítico de arte desde el siglo XVIII hasta el XXI | Parte 1: La presencia de Jerry Saltz y su figura de acción en Internet

Por Manuel Guerrero

A lo largo de esta serie de entradas analizaré siete representaciones de la figura del crítico en el arte, el periodismo, la televisión y el cine, con el fin de aproximar al lector a un entendimiento de los cambios culturales por los que ha atravesado la imagen de este personaje en la opinión pública.

Desde sus primeras incursiones en los debates artísticos de los salones de París en el siglo XVIII, el crítico de arte no ha estado exento de cierta controversia, debido a su ambivalente relación como personaje que emerge de la abstracción colectiva llamada público, pero que también asume un papel como conocedor de cierta información que le brinda una perspectiva diferenciada de lo que acontece en la escena artística y que no se puede separar por completo de la dinámica cultural de la que proviene.

Parte 1: La presencia de Jerry Saltz y su figura de acción en Internet

Dentro de los distintos aspectos de la cultura popular que el investigador francés Frédéric Martel revisa en su libro Cultura Mainstream, el papel de la crítica —específicamente la de cine— tiene un papel modesto, pero que resume con precisión un cambio en la forma en la que la labor del crítico de arte es recibida entre el público y la población en general: la crítica como un árbitro fiable del gusto o los debates creativos ha sido relegada, ante la dificultad que su trabajo implica para establecer juicios objetivos.

De acuerdo con las conversaciones entre Martel y autores de distintos periódicos o revistas —recopiladas en el libro—, el mercado mainstream en Estados unidos ha adquirido «una especie de valor moral, porque se considera que es el resultado de unas elecciones reales por parte del público. En una época de valores relativos, y cuando se considera que todos los juicios críticos son el resultado de prejuicios de clase, la popularidad que dan las ventas aparece como neutra y más fiable»1 . Con la popularidad de las ventas, Martel alude a la importancia que desempeñan en la opinión
pública las cifras de los ratings de TV, las listas musicales de Billboard con «lo más escuchado del momento», y por extensión, los números de reproducción que arrojan plataformas como Spotify o YouTube. Ante una evidencia cuantificable, los argumentos
que un solo individuo pueda esgrimir a favor o en contra de un producto cultural pasan a segundo plano, por no decir que se vuelven irrelevantes.

Como menciona Evelyn McDonell, periodista del Miami Herald: “Un punto de vista demasiado tajante, demasiado comprometido, cada vez resulta menos pertinente en la prensa mainstream. […] La gente quiere tener su propia opinión, no quiere conocer la nuestra»2

El panorama que desempeña esta reconversión en el contexto del crítico es polivalente y no está exenta de sustentarse en juicios de valor: para el gusto de las trincheras más reaccionarias del mundo del arte, podría pensarse en este cambio de paradigma como la muerte del crítico y el ascenso de un nuevo tipo de democracia en la que la interacción entre la sociedad y la obra de arte es más directa; una realización no muy distante de las preocupaciones nazis por censurar el arte «degenerado», aquella producción artística aparentemente distante de la comprensión y cultural del “pueblo”.

Por otra parte, también puede verse en esto el triunfo de aquella «generación de idiotas» que Umberto Eco describió en sus últimos años con un espíritu de pesar y cierta desconfianza.

Independientemente del enfoque desde el que se quiera partir al respecto, lo cierto es que dicho contexto perfila un tipo de crítica muy específico, incapaz de circunscribirse a
la dinámica del entretenimiento en aras de asegurar su subsistencia: el coqueteo entre el culto a la personalidad, el manejo de una imagen pública en redes sociales, la interacción con una base de fans y la urgencia de ser «cool» a la menor provocación son solo algunos de los aspectos que parecen determinar la permanencia de las figuras
públicas en la actualidad, en específico las que hacen algún tipo de crítica.

Con lo anterior como referencia es que se puede entender cómo un crítico como Jerry Saltz ha podido sobrellevar los retos de su oficio, en medio de un creciente pesimismo por los alcances, utilidad y pertinencia de la crítica de arte en las últimas décadas, como puede advertirse en los estudios de Charlotte Frost al respecto del desarrollo de esta actividad en el entorno digital, donde, apoyada en conversaciones con otros críticos e historiadores, es posible notar un consenso sobre la idea de que el crítico de arte ha perdido poder —por no decir importancia— en el ecosistema del mundo del arte.3

Columnista de la New York Magazine, acreedor de tres doctorados Honoris causa y ganador del Premio Pulitzer en el campo de la crítica en 2018, podría pensarse que los galardones y trayectoria que ostenta Saltz son propios de un profesional que rara vez entra a las redes sociales para mantener al tanto a sus lectores de lo que está haciendo, pues esa actividad —más justificable y hasta cierto punto endémica de cantantes o influencers— es un tanto ajena a su perfil. Sin embargo, los hechos son completamente diferentes: en su cuenta de Twitter es posible notar una interacción constante y llena de humor con su comunidad de seguidores, al grado de hacer de su gusto exacerbado por el café, bien conocido y documentado por la prensa4, un chiste local con su “pequeña figura de acción” que lo acompaña —con un vaso a escala tamaño Double Gulp de 7Eleven— en su proceso creativo; al escribir y hasta a sus visitas a ferias como Art Basel, según se puede ver en las fotografías que comparte.

A diferencia de lo que vimos en el caso del crítico ficticio Morf Vandewalt en la película
Velvet Buzzsaw o con Ongo Gaboblian en la serie de televisión It’s Always Sunny in Philadephia, la imagen que Saltz crea alrededor de su oficio no está plenamente atravesada por la lente de un otro, es decir, no son estereotipos o recursos humorísticos creados para enriquecer la trama: son, paradójicamente, un genuino acto de crear una representación suave, social y digitalmente amigable, de lo que es y lo que hace un crítico de arte a través de un imaginario cool y retuiteable, que no aluda al anquilosado entorno intelectual que en otras épocas gestó a la crítica de arte. La alusión al mini-me de juguete que Jerry Saltz retrata con él mismo en cada momento, engendra una apreciación lúdica de la crítica frente a su larga tradición anclada en el contexto de la Revolución Francesa, en un momento en el que las desigualdades y la importancia de derrocar viejos dogmas era un deber «humano».

¿Es acaso el humor y el nadar con la corriente digital algunas de las escasas alternativas que el crítico encuentra para sobrevivir a la debacle de su propia profesión? ¿O más bien la presunción de amabilidad por medio del lenguaje digital es otra forma de ganar adeptos, sin que la preocupación por influir en la opinión pública desde una torre de marfil sea tan obvia?

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1Fréderic Martel, Cultura Mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masas (Madrid; Taurus, 2010), 178-179

2 Ibid, 176

3Charlotte Frost (ed), Art Criticism Online: A History (Reino Unido; Gylphi: 2019)

4Helen Holmes, Jerry Saltz shares the History Behind His Notorious Coffee Habit, OBSERVER, 5 de diciembre, 2020.