AMO LEER. ODIO LOS LIBROS.
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Amo leer.
Odio los libros.
Los libros físicos, pues.
Esta combinación de afirmaciones produce una cantidad completamente desproporcionada de preocupación y desagrado en la gente.
Cada vez que digo que leo exclusivamente en digital, alguien me mira como si acabara de anunciar que tengo una semana sin bañarme.
¿Pero no te gusta tener el libro?
No.
¿El olor?
No.
¿Pasar las páginas?
Tampoco.
QUIERO SABER QUÉ DICE.
No necesito olerlo.
No necesito acariciarlo.
No necesito contemplar cómo envejece lentamente en un librero de madera.
No necesito tenerlo en mi casa para que las visitas sepan que leo.
Ni acomodarlo estratégicamente detrás de mí para que funcione como escenografía en mis llamadas de Meet..
Aunque sí se ve precioso.
Eso sí.
Las casas llenas de libros se ven preciosas.
Pero sin biblioteca de fondo resulta que la principal señal de mi intelectualidad será el peso de mis argumentos.
Nunca voy a tener una foto así.
Una biblioteca física puede funcionar como evidencia de una vida leyendo.
Mi biblioteca, vista desde afuera, es un rectángulo negro de veinte centímetros.
Tendrán que creerme.
Qué situación tan precaria. Ya sé.
Yo también tengo placeres materiales asociados con la lectura.
Nada más que los míos ocurren en un iPad.
Amo poder tener cincuenta libros al mismo tiempo en un aparato que pesa menos que uno solo.
Amo picar una palabra y encontrar inmediatamente qué significa.
Amo poder ver su traducción.
Amo buscar una palabra en todo el libro.
Amo encontrar en segundos una frase que recuerdo vagamente haber leído.
Amo subrayar de diferentes colores.
Y amo, AMO, que todos mis subrayados salgan derechos.
¿Han intentado subrayar un libro físico?
QUEDA CHUECO.
Empiezas abajo de una palabra, terminas atravesando la de arriba, intentas corregirlo y ahora tienes una raya doble toda culera.
¿Ésta es la experiencia superior de lectura que están defendiendo?
En mi iPad pongo el dedo.
Selecciono.
Amarillo.
PERFECTAMENTE DERECHO.
Eso también es placer.
Ustedes tienen el olor de las páginas.
Yo tengo precisión geométrica.
Además, mi iPad prácticamente es un libro.
No tengo redes sociales ahí.
No tengo un montón de aplicaciones.
No estoy leyendo una novela y de pronto me llega un TikTok.
Lo uso para leer.
Tengo internet porque necesito buscar cosas.
Es mi libro, sólo que mejorado hasta el absurdo.
“Es que yo ya no quiero pasar más tiempo frente a una pantalla”.
Si consulto a Kharms en papel estoy leyendo.
Si leo exactamente las mismas palabras en un iPad, aparentemente estoy “pasando demasiado tiempo frente a una pantalla”.
Mija, no es una pantalla.
Es mi iPad.
Y está ahí acostadito.
Con sus libros.
No me está mandando correos.
No me está pidiendo un Excel.
ESTAMOS LEYENDO.
El libro físico, en cambio, tiene una cantidad absurda de problemas que hemos decidido convertir en encanto.
Pesa.
Ocupa espacio.
Junta polvo.
Necesita luz.
Se moja.
Se pierde.
Se presta.
Y luego no vuelve.
Socialmente es facilísimo robarse un libro.
“Ay, creo que todavía tengo tu libro”.
Han pasado siete años.
Perfectamente aceptable.
En cambio, nadie sale de tu casa diciendo:
“Ay, creo que todavía tengo tu iPad.”
ESO YA ES UN DELITO.
Algunos libros tienen además la insolencia de ser enormes.
Mil páginas.
Pasta dura.
Dos kilos.
¿Para qué?
¿Para leer o para desarrollar antebrazo?
Tengo un libro que es fundamental para mí sobre la historia del coleccionismo en México.
Lo necesito.
Lo consulto.
Me importa muchísimo.
Y pesa como medio kilo.
Mi solución fue completamente razonable:
le tomé fotos al libro entero para no tener que volver a cargarlo.
Eso resume bastante bien mi relación con los libros físicos.
Puedo amar un libro.
Puedo considerarlo fundamental para mi trabajo.
Puedo querer tenerlo conmigo siempre.
Lo que no entiendo es por qué para demostrar ese amor tengo que cargar medio kilo de celulosa.
Luego está leer acostada.
Una actividad que el libro físico parece haber sido diseñado específicamente para dificultar.
Te volteas.
Se cierra.
Lo sostienes con una mano.
Se te cansa.
Cambias de lado.
La lámpara ya no da.
Se te cae en la cara.
Qué tecnología tan pendej*.
Llega la defensa.:
“El olor de los libros.”
Siempre el olor.
¿POR QUÉ ESTÁN OLIENDO TANTO LOS LIBROS?
Nunca he terminado una novela extraordinaria y pensado:
Qué experiencia.
Gran personaje.
Final devastador.
Y ADEMÁS OLÍA RIQUÍSIMO.
Entiendo perfectamente que a alguien le gusten los libros como objetos.
Hay ediciones preciosas.
Hay encuadernaciones extraordinarias.
Hay gente que disfruta construir una biblioteca.
Perfecto.
Yo también he construido una biblioteca.
Yo también conozco el placer de pepenar libros.
Nada más que mi pepena ocurre en otros lugares.
Me he registrado en bibliotecas digitales de pueblos rascuachos de Estados Unidos porque resulta que una biblioteca municipal perdida en quién sabe dónde tiene exactamente el libro que llevo horas buscando.
He acabado descargando mangas de páginas de reputación informática aterradora, rezando porque no vengan llenos de virus, mientras cierro anuncios horrendos de:
CHICAS CALIENTES A QUINCE METROS DE DISTANCIA.
Todo por conseguir un libro.
Yo también conozco la emoción de encontrar ESE LIBRO.
El que llevabas horas buscando.
El que está descatalogado.
El que nadie tiene.
El que aparece en el rincón más improbable de internet.
Ese placer también lo tengo.
Mi biblioteca está en mi iPad.
Y francamente me parece una biblioteca extraordinaria.
Pesa menos que un solo libro físico.
La llevo completa a todas partes.
Puedo estar leyendo una cosa y decidir que necesito consultar otra.
Ahí está.
Puedo terminar un libro a las dos de la mañana y querer inmediatamente el siguiente.
Ahí está.
Puedo acordarme de una frase que leí hace seis años y buscarla.
Ahí está.
No necesito decidir antes de salir de mi casa qué persona voy a ser durante el resto del día.
Puedo querer leer una novela a las once, un ensayo a las dos y una cosa completamente distinta a las seis.
CARGO CON TODAS MIS POSIBILIDADES.
Lo que me resulta rarísimo es que el amor por el objeto físico se haya convertido en una especie de prueba de pureza del amor por la lectura.
Dices:
“Leo en digital.”
Y aparece una persona.
Siempre aparece.
“Yo es que necesito sentir el papel.”
Felicidades.
Yo necesito saber qué pasa en el capítulo siguiente.
Hay algo casi moral en la defensa del libro físico.
La biblioteca bonita.
Los lomos.
El sillón.
La taza de café.
La luz entrando por una ventana.
La lectora verdadera.
Mientras tanto yo estoy acostada en la oscuridad, con la letra tamaño señora de ochenta años, leyendo a toda madre.
TAMBIÉN ESTOY LEYENDO.
Mis libros pueden ser invisibles.
La lectura ocurrió de todas formas.
Las frases entraron.
Las ideas se quedaron.
Los personajes existen en mi cabeza.
Hay libros que cambiaron mi manera de pensar y de los que no poseo absolutamente nada físico.
Ni una portada.
Ni un lomo.
Ni una primera edición.
Ni el olor.
Francamente, me parece hermoso.
Nuestra relación es completamente espiritual.
Literalmente.
No existe ningún objeto físico que pruebe nuestra unión.
Nuestro vínculo es incorpóreo.
EXÉGESIS
Este texto intenta nombrar una experiencia de la que casi nunca se habla: amar profundamente la lectura y preferir, sin ninguna nostalgia, leer en digital.
La cultura alrededor de los libros suele tratar como inseparables dos placeres distintos: leer y poseer libros. De ahí vienen el papel, el olor, los lomos, las bibliotecas domésticas y toda una iconografía de lo que supuestamente significa ser una persona que lee. Quien prescinde de esos objetos parece estar renunciando también a una parte de la experiencia.
Pero la lectura digital tiene sus propios placeres materiales, sus rituales y hasta su propia forma de sensualidad: buscar, seleccionar, ampliar, subrayar perfectamente, cargar una biblioteca entera, encontrar a las dos de la mañana un libro que parecía imposible de conseguir.
También tiene una peculiar desventaja simbólica: deja muy pocas pruebas de sí misma. Una biblioteca física hace visible la posesión de libros y permite construir alrededor de ellos una identidad lectora. Una biblioteca digital puede contener veinte libros o dos mil y, vista desde afuera, seguir siendo un rectángulo negro de veinte centímetros.
El texto parte así de una preferencia aparentemente banal para preguntarse qué experiencias hemos asociado culturalmente con “amar la lectura” y cuáles quedan fuera cuando el amor por el libro físico se convierte en medida de autenticidad lectora.