Entrevista (íntegra): Baby Solís, fundadora de Obras de Arte Comentadas, habla de su experiencia convirtiendo la crítica de arte en trabajo dentro del entorno digital
Share
El siguiente texto es la versión íntegra de una entrevista realizada a Baby Solís, directora y fundadora de Obras de Arte Comentadas, conducida por la periodista Gabriela Gorab. La versión editada por Gabriela puede consultarse en la página web de Milenio.
✶
Gabriela Gorab: ¿En qué momento entendiste que la crítica de arte podía convertirse en un proyecto sostenible a largo plazo?
Baby Solís: No hubo un momento de entender algo, no hubo epifanía ni revelación sino la necesidad de que así fuera. Tenía que convertirlo en un trabajo con ingresos reales, aunque no hubiera indicios de que pudiera serlo. El campo del arte no ofrecía ese modelo. Fue mucho más importante ver afuera, mirando a gente que sí sabía convertir su trabajo en estructura.
Algo que hice fue también empezar a hablar abiertamente de que el arte es trabajo. Y no solo a decirlo, sino a actuar en consecuencia. Esto sucedió con mayor fuerza a partir del 2019-2020, pero no está relacionado para nada con la pandemia, mi proyecto existe desde diciembre de 2017. Digamos que no encontré un camino sino que lo fui construyendo. Aunque mi proyecto no es solo sobre crítica…
Una de las primeras publicaciones en ODAC, diciembre de 2017
GG: ¿Cómo equilibras profundidad crítica con el ritmo que exigen las redes sociales?
BS: No me cuesta seguir el ritmo de las redes sociales porque escribo a diario. Es una parte de mi práctica profesional de tiempo completo. Trabajo 8 horas al día, producir contenido –que eso en buena parte, es escritura– ocupa una fracción de esto, el resto del tiempo estoy investigando, coordinando visitas de estudio, haciendo actividades para mi club de coleccionistas, dando clases, preparando ponencias, curadurías, mandando cotizaciones, etcétera.
Si hablamos de constantemente tener que publicar, lo que me cuesta es a veces tener que seguir ciertos formatos, por ejemplo, los reels: tener que pensar en un hook que haga que la gente vea el video completo, ese tipo de detalles. Me cuesta el tener que hacer todo chistoso, catchy o en lenguaje de Internet, como la edición rápida. Ese estilo es muy diferente a cómo me gusta a mí expresar mis ideas. Me cuesta al punto que prefiero no hacerlo. Pero tampoco lo sufro.
Por el contrario, he apostado tan solo por la claridad, que lo que escribo no esté lleno de jerga hiper especializada del mundo del arte. Y publicar con frecuencia. Claridad y constancia, de ahí en fuera no hago nada especial.
Sobre la profundidad, creo que las redes son literalmente un abrebocas: “pequeñas porciones de comida servidas antes del plato principal para estimular el apetito”, aprovecho al máximo el espacio breve que tengo para plantear mi idea pero siempre sé que es tan solo eso, un aperitivo. Igual la gente tiene que leer en amplitud del tema fuera de redes, el contenido que a mí me parece valioso busca estimular esa curiosidad de saber más pero nunca se asume como el platillo completo, de ninguna forma. Por eso repito, no lo sufro, no me causa problema trabajar dentro de lo muy acotado.
GG: ¿Qué ha sido más complejo de construir: la credibilidad o la comunidad?
BS: Honestamente, nunca pensé en construir ninguna de las dos de manera deliberada. Mi foco siempre estuvo en otra parte: desarrollar ideas con claridad, poner el conocimiento al centro. La credibilidad y la comunidad para mí son consecuencias, no objetivos. Llegan cuando haces las cosas bien y con consistencia a lo largo del tiempo.
GG: ¿De qué manera el entorno digital ha transformado tu manera de pensar la crítica?
BS: El entorno digital ha transformado la crítica de maneras profundas, y no siempre para bien. Si antes ejercer la crítica implicaba asumir una identidad pública —y con ella, una responsabilidad—, hoy el anonimato que ofrecen las plataformas digitales ha desvinculado la opinión de la responsabilidad de emitirla. Esto ha derivado en prácticas preocupantes: "funas" sin sustento claro, acoso selectivo y una cultura donde pareciera que todo vale precisamente porque no hay un nombre ni un rostro en juego.
Eso me lleva a pensar que el entorno digital no solo ha cambiado cómo se ejerce la crítica, sino que ha vuelto urgente preguntarnos para qué y desde dónde. La crítica responsable requiere hoy más que nunca un código de ética explícito, uno que reconozca que la facilidad de circulación no exime de rigor ni de consecuencias.

Participación de Baby Solís en el XX Congreso Internacional de Museos, Museo Incómodo, con la ponencia ¿Actores externos?: El impacto de las redes sociales al interior de los museos
GG: ¿Cómo describirías hoy el equilibrio de poder entre mercado, instituciones y voces
independientes?
BS: Todo está mezclado. El mercado, las instituciones, las voces independientes, la academia, el público, aunque parezcan compartimentos aislados, en realidad está todo entrecruzado. No son fuerzas opuestas, están entrelazadas.
GG: ¿Qué retos enfrenta la crítica de arte independiente en México actualmente?
BS: La principal es existir. Y no lo digo solo por la crítica independiente: la crítica en México, en general, no tiene estructura de soporte. Pero más allá de repetir que “no hay apoyo”, creo que hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿a quién le estamos hablando? Nadie tiene por qué venir a salvarte o a sostener tu trabajo si no has hecho nada por comunicarte con esa gente.
El apoyo no es una obligación moral, es una relación que se construye. Y si seguimos hablándonos únicamente entre nosotras, el círculo se queda cerrado… y así es difícil que algo se sostenga.
GG: ¿Cómo manejas las tensiones naturales entre colaborar con instituciones y
mantener una voz propia?
BS: Las tensiones existen, no solo en mi práctica sino en la de cualquier profesional del campo. Lo que permite navegarlas es justamente la diversidad de registros desde los que una puede operar: la educación, la promoción, la crítica, la gestión, etcétera. Así lo manejo yo, opero desde el registro que considero más pertinente según el caso. La voz propia también es eso, decidir libremente operar de tal o cual manera.
Existe un mito: que quien no colabora con instituciones es independiente y pura. Nada mas alejado de la realidad. El supuesto es que quien colabora entra en un conflicto y quien no, es neutral. Y no es así. Quien no tiene vínculos institucionales tampoco opera desde un vacío: sus juicios muchas veces responden a odios y afinidades personales, apoyar ciertas causas es una estrategia de posicionamiento también. Es igual de problemática y condicionada que el resto, solo que no quiere verlo.

Participación en el Simposio "Crítica de arte en América Latina: agentes, redes y teorías" del Instituto de Investigaciones Estéticas, dentro del panel El ejercicio de la crítica: perspectivas contemporáneas
GG: ¿Qué conversaciones sobre el sistema del arte mexicano crees que aún están pendientes?
BS: Hay muchas conversaciones pendientes, pero una fundamental es dejar de hablar del sistema del arte como si fuera una abstracción que nos oprime desde afuera. El sistema somos nosotras. Mientras sigamos colocándonos solo en el lugar de víctimas de una estructura, va a ser difícil asumir que también la reproducimos.
La reproducimos en un montón de gestos cotidianos y de aparente escala pequeña:
cada que tratamos a nuestras colegas como competencia, cada que no aceptamos que hay más arte fuera del que a nosotras nos interesa, cada que le llamamos “vendida” a quien sí sabe cobrar por su trabajo.
GG: ¿Cuál consideras que es el verdadero impacto de la crítica hoy: formar criterio, abrir debate o influir en decisiones?
BS: Idealmente la 1 y la 2 pero desafortunadamente también terminas influyendo en decisiones.
Desde decisiones de compra hasta cómo la gente ve o entiende un asunto. Obviamente no toda la crítica logra esto, la mayoría quizás pase sin pena ni gloria pero la que puede, puede 💅
GG: ¿Las redes sociales están ampliando el acceso al arte o están cambiando los criterios de valoración?
BS: Las redes sociales sí amplían el acceso al arte. Permiten que más personas se enteren de lo que está ocurriendo en distintos lugares del mundo. Para quienes viven en ciudades pequeñas o fuera de los grandes circuitos, eso es especialmente valioso: pueden seguir exposiciones, discusiones y noticias aunque no puedan visitar las muestras en persona, y eso les permite formar parte de una comunidad más amplia.
También hay algo útil en que hoy más personas estén produciendo contenido sobre arte. Existe documentación de exposiciones que antes simplemente no quedaba registrada, no solo de los grandes museos sino también de espacios pequeños o independientes. Hay más entrevistas y eso es muy útil para quienes hacemos investigación, conseguir ciertos datos es más fácil porque hay un mayor registro de ellos. También hay más voces, ya no son únicamente los medios tradicionales quienes deciden qué se cubre y qué no.
Ahora bien, eso no significa una democratización absoluta ni un optimismo total. Las redes sí pueden darle visibilidad a artistas que construyen su presencia ahí y también las redes influyen en por ejemplo, arte que no se puede exponer porque se prevén reacciones adversas, como el caso de la exposición de Phillip Guston que tuvo que ser pospuesta por una potencial respuesta negativa del público. Pero no creo que los criterios de valoración del sistema del arte —tipo premios como el León de Oro en la Bienal de Venecia— hayan cambiado de manera radical por eso. La lógica interna del sistema sigue operando con parámetros bastante propios.
GG: En tu experiencia con PeCa, ¿qué motiva hoy a una nueva generación a coleccionar
arte?
BS: Lo mismo que ha motivado a otras generaciones anteriores: un interés muy genuino en convivir con el arte, estudiarlo, pensarlo.
Tendemos a construir una figura casi excepcional de la coleccionista, pero en realidad es una persona interesada en el arte como cualquiera de nosotras. La diferencia es que se lleva las obras a su casa.
También existe todo un discurso —sobre todo en estudios hechos en Estados Unidos— que plantea que las generaciones más jóvenes prefieren experiencias antes que acumular bienes. Pero creo que en México la realidad es más compleja y no todo el coleccionismo funciona necesariamente bajo esa misma lógica.
Al menos en mi experiencia, las personas jóvenes que se acercan al coleccionismo no lo hacen por acumulación ni por estatus, sino por interés genuino. No estamos hablando de fortunas generacionales enormes, sino de personas que, dentro de sus posibilidades, deciden destinar recursos a convivir con el arte de manera cotidiana.

Visita de PeCA (Personas Coleccionando Arte), club de coleccionistas impulsado por ODAC, a la colección de Andrés Blaisten
GG: ¿Qué transformaciones urgentes deberían asumir los museos para conectar con públicos contemporáneos?
BS: Dejar de funcionar como una caja negra donde nadie entiende cómo se toman las decisiones. Explicar sus procesos, cómo se arman las colecciones, por qué se elige una exposición y no otra, cómo se distribuyen los recursos, cómo es realmente un día de trabajo dentro del museo.
Al mismo tiempo, entiendo el riesgo de abrirse. Los vidrios tintados te protegen, no en un mal sentido.
GG: ¿Te sientes más cercana a la figura de crítica tradicional o a una nueva forma de agente cultural?
BS: Cumplo varios roles dentro del campo y no me identifico más con uno que con otro. No me siento más curadora que crítica, por ejemplo. Creo que lo que hago a veces sí es una nueva forma de agente cultural; otras veces, simplemente tengo un rol tradicional.
Lo que me parece revelador es ver cómo hay colegas que no saben leer lo que hago, porque esperan que cumpla solo ciertas funciones. A veces hago crítica y a veces simplemente hago contenido, y estas dos formas de trabajo diferentes conviviendo en un mismo espacio, les causan un cortocircuito jaja. Hay gente que es como una chinche pegada a mí, siguiendo cada paso que doy; van a leer esto y van a decir “ya ven, ¡solo hace contenido!”, es decir, siempre buscan quedarse con una lectura parcial de mi trabajo, entenderla en su totalidad es más complicado.
Están viendo surgir un rol nuevo y, en lugar de estudiarlo, se entretienen discutiendo si encaja en las categorías de siempre, si es o no tal o cual cosa. Afortunadamente, eso no afecta mi trabajo, pero sí a quienes vienen después. Ser mezquinxs con mi trabajo no me daña a mí, sino a todas las personas que quisieran hacer lo mismo que yo, dedicarse profesionalmente al arte desde estos roles múltiples. Y hasta en eso demuestran sus cortas miras: están dañando su propio campo.
GG: ¿Qué idea sobre el arte contemporáneo en México te interesa cuestionar o
replantear?
BS: Uy, muchas. Podemos empezar con la idea de que el arte lo hacen únicamente lxs artistas. En realidad, el arte es un ecosistema: lo producen quienes lo crean, pero también quienes lo escriben, lo estudian, lo coleccionan, lo gestionan, lo exhiben. Reducirlo a una sola figura simplifica cómo funciona el campo.
También me interesa cuestionar cómo se entiende el coleccionismo. Se le suele ver como un gesto de acumulación o de estatus, cuando en muchos casos es una forma de relación intelectual y sostenida con el arte, tan así que te lo llevas a vivir contigo.
La idea de la crítica como panacea, como si fuera una instancia superior que corrige al sistema desde afuera. La crítica no está fuera del campo, forma parte de él y tampoco es la gran cosa jajaja, en el sentido de que no es más pura que el mercado, no es más objetiva que la curaduría, no está más libre de intereses que el coleccionismo, no es el ejercicio intelectual más elevado, libre de chismes, celos, argüendes y competencias.
Mi plataforma ayudó a abrir el debate sobre el arte como trabajo cuando aún estaba construyendo esto como proyecto sostenible. Aunque es un tema sobre el que de una u otra forma volvemos, me parece que puede ser repetitivo insistir en lo mismo, pero no quiero que se pierda que ahí esa conversación ya tuvo lugar y que nosotras fuimos parte importante de ella.
GG: ¿Cómo imaginas el futuro de la crítica de arte en los próximos diez años?
BS: Espero un relevo generacional. Espero ansiosamente que las personas que ahora tienen 21-22 años comiencen a hacer crítica, pero una crítica propia, no siguiendo a las millennials que les dan clase en las universidades actualmente. Así nos daremos cuenta de que los problemas que hoy vemos en el arte no son los mismos que perciben otras generaciones, y podremos situarnos mejor frente a nuestra propia contingencia.

Solís ha sido colaboradora frecuente de la revista Cubo Blanco, dedicada a la escritura sobre arte.
GG: Has participado como ponente en el Tecnológico de Monterrey. ¿Qué te interesa transmitir a estudiantes que se están formando dentro de una institución con una visión más empresarial del mundo cultural?
BS: En general, en el mundo cultural nos hacen falta visiones menos ensimismadas. El mundo del arte tiende a mirarse demasiado a sí mismo. Se vuelve autorreferencial, habla en su propio idioma y termina aislándose. Visiones más empresariales, visiones más pragmáticas, visiones menos “mucho ruido y pocas nueces” me parecen valiosísimas y es necesario que entren al campo del arte.
GG: El ecosistema del arte suele percibirse fragmentado entre instituciones, mercado,
crítica y artistas independientes. Desde tu experiencia, ¿cómo puede construirse una
comunidad más articulada y menos dividida?
BS: Dejando de ser tan horribles entre nosotrxs.
