Hay que apoyar el arte

Hay que apoyar el arte

¿Apoyarlo dónde?

¿Se está cayendo?

Porque llevo años escuchando que tenemos que sostenerlo, impulsarlo, fortalecerlo, acompañarlo y ayudarlo a sobrevivir, y a estas alturas empiezo a sospechar que ¡el arte no tiene sistema musculoesquelético propio!

El arte contemporáneo parece ser una de las pocas actividades profesionales que requiere que todas sus participantes estén permanentemente agarrándola para que no se vaya de hocico.

Museos de un brazo.

Fundaciones del otro.

Coleccionistas agarrándole la bolsa.

¡¡¡No lo suelten, que se nos cae El Arte!!!

Lo más raro es que llamamos “apoyo” a una cantidad extraordinaria de cosas que en cualquier otro ámbito tienen nombres perfectamente normales.

Si voy a  cortarme el pelo, nadie me agradece por creer en el futuro de la peluquería.

Si compro una mesa hecha por un carpintero, no digo que estoy apoyando su práctica.

Si voy a un restaurante y pago una cuenta de dos mil pesos, nadie sale de la cocina a agradecerme mi compromiso con la continuidad de la gastronomía.

Pero compro una obra y apoyé a una artista.

Pago una entrada y apoyé un espacio.

Me suscribo a una revista y apoyé un proyecto independiente.

Contraté a alguien para dar una conferencia y apoyé su práctica.

A veces hasta ir cuenta como apoyo.
Llegaste tarde.
Ni viste la exposición.
Fuiste directo por el vino.
Platicaste cuarenta minutos afuera.
Te vas sin despedirte de nadie.
¡Gracias por apoyar la cultura!

Hay algo muy extraño en esa palabra porque convierte intercambios bastante cotdianos en pequeños actos de beneficencia.

Una artista hizo algo que yo quería tener. Le di dinero. Me dio la obra.

Podríamos considerar cerrada la operación.

Pero parece que no.

Hace falta agregar que la apoyé.

Como si la obra fuera apenas el comprobante físico de mi buena acción.

¿Por qué nos cuesta tanto imaginar que el arte pueda participar de un intercambio sin necesitar una justificación moral adicional?

Porque “apoyo” junta bajo una misma palabra cosas completamente distintas.

Comprar.

Contratar.

Financiar.

Donar.

Suscribirse.

Invertir.

Pagar honorarios.

Todas implican dinero, pero producen relaciones diferentes. En unas hay una contraprestación muy clara; en otras hay filantropía; algunas dependen del Estado; otras de una fundación; otras de un mercado; otras de veinte personas pagando cien pesos al mes.

Pero decimos apoyo y mágicamente desaparece la operación.

Queda una persona que da y otra que recibe.

Una arriba.

Otra abajo con las manos extendidas.

Eso ayuda a explicar una de las cosas más WTF de la economía del arte: recibir dinero puede ser mucho más elegante que ganarlo.

Si una institución te da una beca de doscientos mil pesos para hacer un proyecto, enhorabuena.
Si consigues generar doscientos mil pesos vendiendo algo que hiciste, necesitamos sentarnos a conversar sobre el capitalismo.

El dinero es exactamente igual de mexicano.

Lo que cambia es la historia que podemos contar sobre cómo llegó a tu cuenta.

Hay formas de recibir dinero que conservan intacta la apariencia de desinterés. Becas, apoyos, residencias, fundaciones, premios. Puedes vivir de ellas y seguir diciendo, con bastante tranquilidad, que haces las cosas por amor al arte.

Además, el desinterés también produce valor.

No querer vender puede darte prestigio. No parecer interesada en el dinero puede volverte más deseable para instituciones, coleccionistas y públicos.

El gesto de no querer vender también vende

En cambio, cobrar directamente tiene una capacidad extraordinaria para producir sospecha.

¿Cuánto cobras?

¿Por qué tanto?

¿Quién te paga?

¿Entonces dices eso porque te pagaron?

La profesionalización, en ciertos rincones del arte, todavía tiene algo ligeramente indecoroso.

¿Dónde queda quien simplemente quiere vivir de hacer bien su trabajo?

Quien quiere cobrar. Vender. Tener clientas. Tener público. Pagar salarios. Crecer.

Sin tener que presentarse primero como una criatura que necesita asistencia.
El problema jamás fue que hubiera dinero.

Dinero hay por todas partes.

Hay dinero público.

Dinero privado.

Dinero de fundaciones.

Dinero de coleccionistas.

Dinero de universidades.

Dinero de marcas.

Dinero de tu papá y mamá.

Dinero de personas que compran boletos.

Dinero de personas que pagan una suscripción mensual.

Siempre hay alguien del otro lado.

La pregunta interesante es qué relación establece ese dinero, qué espera cada parte a cambio y cuánto margen de acción deja.

Porque tampoco entiendo por qué recibir dinero de una persona que compra algo debería producir automáticamente menos autonomía que recibirlo de una institución que decide, mediante una convocatoria de diecisiete páginas, qué proyectos considera dignos de existir ese año.

Todas las formas de financiamiento tienen condiciones.

Hasta tener un público tiene condiciones. Tienen expectativas de tu producción. Cosas que quieren y que no quieren ver.

No tengo ningún problema con las becas, los fondos públicos, las fundaciones ni el mecenazgo.

Tengo un problema con llamar “apoyo” a cualquier relación económica que ocurra alrededor del arte. 

Cuando lo convertimos en la condición natural del arte. Muchas veces somos los propios proyectos culturales quienes insistimos en presentarnos como beneficiarios de un favor.

Entonces el arte queda atrapado en una adolescencia administrativa.

Siempre emergiendo.
Siempre resistiendo.
Siempre necesitando fortalecimiento.
Siempre a una convocatoria de distancia de poder continuar.

Una actividad que lleva siglos produciendo objetos, experiencias, conocimiento, entretenimiento, prestigio, turismo, empleos, patrimonio y cantidades obscenas de conversación, pero que todavía insiste en presentarse periódicamente ante nosotras como un pajarito mojado.

Una artista hizo algo. Alguien quiso comprarlo.
Nadie la ayudó a cruzar la calle.

 

Exégesis:
Este texto cuestiona el uso de la noción de apoyo como categoría general para describir las relaciones económicas dentro del arte. Al llamar “apoyo” por igual a comprar, contratar, donar, financiar o pagar honorarios, se borran las diferencias entre esas operaciones y se representa al arte como una actividad permanentemente dependiente de asistencia.
El texto examina además la jerarquía moral que vuelve más legítimas ciertas formas de recibir dinero —becas, premios, fondos, fundaciones— mientras somete a sospecha otras vinculadas con la venta, el cobro y la actividad comercial.
Su argumento no consiste en privilegiar una fuente de financiamiento sobre otra, sino en hacer visibles las relaciones, condiciones e intercambios que cada una produce, y defender la posibilidad de pensar el trabajo artístico como una actividad profesional capaz de generar valor económico sin tener que presentarse como beneficiaria de un favor.
ÁREA: Sociología del arte / Economía de la cultura
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