La insistencia por seguir creando: Reseña de Private I, de Lynn Hershman Leeson
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Por Julieta Delgado
Lynn Hershman Leeson supo que quería hacer arte a los 14 años, a partir de un incidente con una fotocopiadora. En ese entonces, pasaba mucho tiempo dibujando obras del Museo de Arte de Cleveland. Un día, quiso fotocopiar uno de sus dibujos, una obra inspirada en un boceto de Da Vinci. Como no sabía utilizar la entonces nueva máquina de copias de su escuela, el dibujo se atoró. Cuando logró rescatarlo, descubrió que el resultado, aún magullado y manchado de toner, era mucho más interesante que el dibujo original. “La máquina no era ni enemigo ni demonio. Era una co-conspiradora” narra en su autobiografía, Private I. Pienso que las mejores artistas tienden a ser aquellas que son plenamente conscientes de qué es lo que les interesa y por qué hacen lo que hacen. A partir de este incidente, Hershman Leeson dedicaría su vida a trabajar con el arte y la tecnología.
Private I es el recuento de una carrera que abarca más de cinco décadas de trabajo. Escrito durante la pandemia por COVID-19, el libro relata no sólo la producción artística de Hershman Leeson, sino también sus dificultades económicas, algunas colaboraciones fallidas y el panorama general de la escena del arte californiano durante la década de los setenta. Logra establecer el contexto en el que produjo el grueso de su trabajo, y eso hace que la experiencia de lectura sea tanto más rica. No importa si una conoce su obra de antemano o jamás había escuchado hablar de ella antes.

Roberta Breitmore (1972) uno de los proyectos más famosos de Hershman Leeson, que involucró la creación de un alter ego con una vida propia
Leer Private I es como estar ahí, en el momento en el que las cosas suceden. Una puede haber leído todo lo que se ha escrito sobre el arte feminista de los setenta, haber ido a todas las retrospectivas de mujeres artistas poco reconocidas, pero en realidad jamás va a saber lo que fue vivir ese momento histórico, en el que ser mujer artista era arriesgarse a que no te tomaran en serio, a que destruyeran tu trabajo, a que se te fuera la vida intentando convencer a otrxs de que lo que haces es valioso. El mundo en el que se desarrolla Private I es así. La artista cuenta, con una objetividad implacable, incidentes en los que su trabajo fue censurado, destruido o simple y sencillamente descartado por hablar sobre el aborto, por ejemplo, o trabajar con sonido y sensores de movimiento en un momento en el que el arte electrónico aún no existía. A pesar de ser continuamente rechazada, ignorada y, en ocasiones, abiertamente violentada, a lo largo del libro Hershman mantiene un tono neutro y perspicaz, que le permite concluir este tipo de episodios con comentarios como: “decidí que, sin importarme la aceptación de los demás, haría mi trabajo y esperaría a que el mundo me alcanzara”.
Al leer Private I una nota que esta convicción no es solamente una presunción de la voz narrativa, ni producto de la distancia que permiten los años a la autora, sino que sencillamente forma parte de su carácter. Se necesita una fe ciega en el trabajo propio para hacer las cosas que Hershman Leeson narra en el libro. Los pasajes más memorables de Private I no hablan de la Lynn artista, sino de la Lynn gestora cultural. Uno de sus proyectos más importantes fue el Floating Museum, un museo itinerante a través del cual Hershman Leeson comisionaba a artistas para que intervinieran espacios públicos. El proyecto surgió como una suerte de espacio alternativo frente a las dificultades que los artistas jóvenes enfrentaban para exhibir en espacios tradicionales. Para lograr financiar las comisiones, Hershman Leeson implementó un sistema de membresías que iban de los 10 a los 500 dólares, además de organizar ventas de su propia obra. A este proyecto le dedicó 4 años de su vida y reunió a más de 300 artistas, incluyendo a Michael Asher, Eleanor Antin, Gordon Matta Clark, Suzanne Lacy, entre otros. Las intervenciones se llevaron a cabo en callejones, centros comerciales e, incluso, dentro de la prisión de San Quintín. Al recordar el Floating Museum, la propia Lynn se maravilla ante su audacia: “Me pregunto”, reflexiona, “cómo tuve el descaro para hacer todo esto.”

Hershman Leeson junto al muralista Hilaire Dufresne y un grupo de presos de la cárcel de San Quintín en 1976. Con el Floating Museum, Leeson coordinó la creación de un mural dentro de la prisión
Es divertido notar que las particularidades bajo las cuales funciona el mundo del arte (sus usos y costumbres, si se quiere) en realidad no han cambiado tanto de un siglo al otro. Uno de mis episodios favoritos en Private I trata sobre Prudence Juris, Gay Abandon y Herbert Goode, una triada de alter egos críticos de arte inventados por Hershman Leeson. Como parte de sus estudios de maestría, Leeson comenzó a escribir críticas de arte que enviaba a revistas como Artweek y Studio International, firmadas bajo estos pseudónimos. Cada uno de estos críticos construyó durante años una carrera sólida dentro de la crítica de arte, algunos incluso adquiriendo lectores asiduos e invitaciones a congresos internacionales. Leeson les forjó una credibilidad tal, que cuando los tres comenzaron a escribir sobre su trabajo– cosa que ningún otro crítico en California quería hacer, por razones ampliamente detalladas en el libro– logró no sólo su primera exposición individual, sino también la representación de la única galería en California cuya directora era otra mujer.

Máquina para respirar (1965) una de las primeras obras de Leeson en incorporar sensores de movimiento y sonido. Hoy forma parte de la colección del MoMA
Más allá de la aparentemente inagotable energía creativa que Hershman Leeson demuestra a lo largo del libro, sorprende la relevancia que muchas de sus preocupaciones de antaño mantienen en un contexto contemporáneo. Pienso particularmente en su insistencia respecto al dinero. Leeson se casó y tuvo a su primera hija antes de cumplir veinticinco años. No asistió a la universidad ni tuvo un trabajo formal hasta muchos años después. En consecuencia, tras separarse de su primer esposo, se encontró sin los medios necesarios para sobrevivir. Narra ocasiones en las que mandaba a su hija a casa de su vecina porque ella no tenía dinero para darle de comer. Resulta natural que alguien que ha vivido la precariedad económica entienda la importancia del dinero, pero la filosofía de Hershman va más allá. Incluso antes de enfrentarse a la pobreza y el hambre, sabía que el trabajo artístico debía ser remunerado. Cuenta que, al agendar citas con galerías norteamericanas para mostrar su trabajo, la confundían con la secretaria de un artista (hombre). Cuando las galerías notaban que se trataba de una artista mujer intentando vender su obra, le cancelaban: “Las galerías entendían muy bien que en ese entonces no había muchos coleccionistas de artistas mujeres.” Sobre esto, concluye, no sin cierto pesar: “Hoy, a pesar de mucho reconocimiento, todavía batallo para vender mi trabajo.”
Private I reúne muchas cosas que me interesan a nivel personal: narrativas en primera persona de gente que parece haberlo logrado dentro del mundo del arte, recuentos detallados sobre cómo suceden las cosas (llámese museos, ventas de obra, proyectos culturales de diversas índoles), incluso una dosis nada despreciable de datos curiosos para ñoñas de la historia del arte. Sobre esto último, destaca el capítulo dedicado a Runinng Fence, el famoso proyecto de Christo y Jeanne Claude donde Hershman participó como directora de proyecto asociada. Running Fence consistía en, valga la redundancia, una valla de 34 kilómetros que recorría el norte de California hasta llegar al Océano Pacífico. El trabajo de Leeson involucró, entre otras cosas, convencer a cincuenta y nueve granjeros de dar permiso para que la pieza atravesara sus tierras, además de hacer múltiples viajes de cinco horas ida y vuelta al aeropuerto de San Francisco para llevar a artistas y críticos de arte a ver la pieza. Por todo este trabajo, que además se desarrolló a lo largo de cuatro años, Leeson recibió un dólar y un collage elaborado por Christo. Trabajé en la creación de una de las obras más icónicas del Land Art y lo único que recibí fue este patético cheque por un dólar, una playera que diga.

Running Fence (1974-6), Christo y Jeanne Claude
Quizá lo más valioso que encontré en Private I fue la insistencia de Hershman por seguir creando. La certeza de que las cosas que una hace tienen valor, aún cuando ese valor no lo vea nadie más que nosotras. A Leeson el tiempo le daría la razón: hoy sus piezas forman parte de la colección del MoMA y su archivo está custodiado por la Universidad de Stanford. Sin embargo, hubo un momento en el que esas mismas piezas acumulaban polvo debajo de su cama. Y aún así, para ella tenía todo el sentido del mundo seguir haciéndolas. Persistir. El último capítulo del libro, quizá el más cursi de todos pero no por ello menos cierto, cierra con esta frase: “El reto está en el momento. El momento siempre es ahora.”