Me mama el exceso: Entrevista con Roberto Martínez

Me mama el exceso: Entrevista con Roberto Martínez

Roberto Martínez es grabador, educador y ciclista, a veces todo al mismo tiempo.

Para él, la gráfica y la bicicleta son dos caras de una misma moneda. No sólo implican un esfuerzo físico de quien las practica, sino que también permiten generar espacios de diálogo y convivencia  que trascienden fronteras.

En esta entrevista, Martínez nos cuenta sobre sus inicios en la bicicleta, su taller en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y los lugares a los que ha llegado pedaleando. 

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Foto de portada: Gisela Ochoa


Roberto Martínez por Miguel García Pinales

Obras de Arte Comentadas: Tu trabajo siempre ha girado en torno a la gráfica y la bicicleta. Me gustaría preguntar: ¿cuándo y cómo comenzó esta relación entre dos cosas que, a primera vista, podría parecer que no tienen nada en común?

Roberto Martínez: La primera que tuve fue heredada, antes de poder declarar que era solamente mía, les pertenecía a mis hermanos mayores e incluso mi mamá la usaba para ir al mercado. Aprendí a andar en ella y a descubrir mi colonia. Simultáneamente realicé varios viajes con mis hermanos y mi padre: peregrinaciones ciclistas de un día que partían de la Ciudad de México a Chalma, en el Estado de México, u otras de tres días de la Ciudad de México a San Juan de los Lagos, Jalisco. Había otras más que salían de Toluca a San Juan Nuevo, Michoacán. Era muy divertido explorar las carreteras y autopistas a través de la bici con un numeroso grupo de ciclistas. 

También practiqué el ciclismo de manera deportiva. Cuando iba en la primaria, me levantaba a las 6 de la mañana, iba a entrenar al recién inaugurado Bosque de Tláhuac, volvía a mi casa, tomaba una ducha y me iba a clases. Vaya entusiasmo para un niño de 9 años, nunca tuve esa energía para practicar fútbol o karate. Es algo que jamás encontré en otras disciplinas deportivas.

A los 10 años, mientras transitaba por el deportivo de mi colonia, tuve una caída, volé y sufrí una gran lesión medular con la que por poco pierdo todo el movimiento de mi cuerpo. Aunque recuperé algo de movilidad, la vida nunca volvió a ser la misma. Comenzó un mundo nuevo en el que el entorno no está listo ni adaptado para transitarse, la vida como una persona con discapacidad en México es desafiante.

Y aunque la caída fue en bici, quizás lo más natural hubiera sido alejarme de ella para siempre. Sin embargo, así como me tiró, también me ayudó a levantarme, mi padre adaptó una bici fija para que pudiera tener una fisioterapia más integral.

Eventualmente, me construyó una bicicleta con cuatro ruedas con la que pude volver a explorar mi colonia, las carreteras mexicanas y posteriormente el mundo; de alguna forma, recuperé la independencia de movimiento. 

En cuanto a las artes, mi primer contacto fue con el dibujo y la pintura. Pintaba paisajes y temas que exploraban mis procesos médicos y quirúrgicos. Ya estando en la carrera, en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, comencé a grabar bicicletas, pues es un tema que siempre ha estado presente en mi vida de muchas formas: recreativa, deportiva, trágica, hasta de terror, de recuperación, pero siempre desafiante y con nuevas aventuras por delante.


Fotografia de Miguel García Pinales

ODAC: Te nombras artista y activista: ¿Cómo entiendes el activismo desde el arte? ¿En qué se enfoca el tipo de activismo que practicas?

RM: Supe del activismo ciclista en un evento súper comercial de bicicletas, pagué un stand en una BiciExpo en el World Trade Center. Entre miles de opciones para comprar accesorios y bicicletas, ahí estaba yo con mis grabados.

Conocí a muchas personas y entre ellas a una que estaba muy involucrada en el movimiento ciclista nacional, quien me conectó con la BiciRed, la Red Nacional de Ciclismo Urbano. Me invitó a mi primer Congreso Nacional de Ciclismo Urbano, que fue en la ciudad de Oaxaca. No solo fui como oyente, participé con una exposición individual en Casa de la Ciudad. 

Fue un gran descubrimiento: cientos de personas reunidas para promover el uso de la bicicleta en sus ciudades, hablando de sus beneficios, de las problemáticas de la calidad del aire, de la destinación de presupuestos excesivos para infraestructura de los autos y de la falta de un transporte público digno para la mayoría de las personas que viven la ciudad a pie y en bicicleta. Y no solo eso, sino que todos los días arriesgan su vida por la falta de infraestructura y de seguridad vial. Fue un gran llamado y una gran revelación que poco a poco he ido descubriendo. Más adelante me sumé al movimiento ciclista internacional.


Concienbiciate, colectivo pro-bicicleta de Bogotá, Colombia

En 2015 participé en mi primer Foro Mundial de la Bicicleta, que fue en Medellín, Colombia; en 2017 se desarrolló en la Ciudad de México y ahí fui el coordinador de la Comisión de Arte y Cultura del VI Foro Mundial de la Bicicleta. Durante una estancia de investigación que tuve en España durante el posgrado y mi maestría, me sumé al Foro Valenciano de la Bicicleta en Valencia, España. Además de practicar el uso de la bici de manera recreativa, deportiva, urbana y de cicloturismo, la vida me ha llevado a protestar con ella a través de las llamadas masas críticas, en donde un grupo de personas toma la ciudad y las calles para reivindicar una movilidad urbana sostenible.

Creo que mi activismo va de sumar con la memoria de las imágenes que he ido grabando a través de los años de la mano del movimiento ciclista: de participar con mis estampas que ilustran panfletos, revistas, pósters conmemorativos y todo tipo de eventos especiales como el Día Mundial de la Bici o el Día Mundial sin Auto, portadas de libros, playeras y stickers que reflejan la problemática de movilidad que tienen muchas de nuestras ciudades alrededor del mundo, tocando temas que parten de la bicicleta, pero exploran la ciudad, la contaminación, el derecho a la movilidad, los puentes antipeatonales y la violencia vial.


Martínez en su taller, fotografía de Jesús Guevara

ODAC: Fundaste un taller de gráfica llamado Taller de Gráfica Nahual, que durante mucho tiempo estuvo en la colonia Centro de la Ciudad de México y después se mudó a Tláhuac. ¿Sientes alguna conexión especial con alguna zona de la Ciudad de México?

RM: Mi proyecto de taller nace en 2011. Marco su fundación a partir de que tengo la oportunidad, ya egresado de la carrera, de comprar mi primera prensa. Durante varios años lo tuve en casa: ocupé una habitación de mi hogar y así inició mi propio espacio de producción. En 2015 tuve la oportunidad de vivir medio año en Valencia, España. Antes de regresar, tuve la idea o revelación de que era momento de llevar mi taller al siguiente nivel, sacarlo de casa y probar suerte en otro sitio.

Fue descabellado tener mi taller en la calle más antigua de la Ciudad de México y también la más antigua de todo el continente, con cerca de 650 años de existencia, y que ha visto desfilar la historia antigua y moderna a pie, en carreta, auto, tranvía, caballo y bicicleta. 

Yo llegué al Centro en 2016, al emblemático Café Tacvba, una de las panaderías más antiguas de la Ciudad de México, La Vasconia, y que por ocho increíbles años albergó y fue sede del Taller de Gráfica Nahual en el número 87, en Tacuba esquina con Monte de Piedad.

Al abrir los ventanales, la luz del sol iluminaba todo el espacio y una gran postal de la Catedral Metropolitana te recibía. Fue una gran aventura y, aunque seguía siendo en primera instancia un taller para la producción personal, alumnas, artistas y personas del movimiento ciclista comenzaron a habitarlo, a producir obra gráfica y a generar proyectos.

Se convirtió en un espacio de networking y, como dice un amigo, la ONU de las artes, pues al estar tan bien ubicado era súper común que la gente me visitara. A veces hacía un ejercicio al terminar la semana para evaluar qué estados y países habían pasado por el taller.

Y aunque me cayó el rayo gentrificador porque van a construir un hotel en ese espacio, me mudé a Mesones número 20, esquina con Bolívar. Casi 10 años de habitar el Centro Histórico. Creo que eso ya te da por default la residencia de un habitante del centro de la ciudad. Aunque nunca viví en el taller, este ir y venir me hace pensar que soy parte de él y él es parte de mí. Todavía hoy extraño tener mi taller ahí. Por circunstancias de salud tuve que volver a la hermana República de Tláhuac, donde hoy trabajo a puerta cerrada mientras me recupero, pues creo y espero pronto volver a tener proyectos de impacto global.


Fotografia de Iván Nieto

ODAC: En varias ocasiones has llevado tu Taller de Gráfica Móvil a otras ciudades y países utilizando la bicicleta. ¿Por qué decides sacarlo de México? ¿Qué diferencias hay entre la gráfica mexicana y la de otros países?

RM: Soy una persona muy inquieta. Me gusta la acción. Realicé mi servicio social coordinando un cineclub, me gustó tanto que fundé el propio. Creo que ahí fui aprendiendo a hablar frente al público y también a crear y generar proyectos comunitarios.

Aunque nunca estuvo en mis planes dar clases, el proyecto del cineclub me llevó a compartir mis primeros talleres de grabado en mi alcaldía, que es Tláhuac. Ya como parte del movimiento ciclista, me ha encantado todo el aprendizaje que se comparte en los congresos: talleres, conferencias y quería hacer lo propio llevando el taller de grabado móvil. Me gusta pensar que todas las personas son creativas, y es increíble ver sus caras de alegría, ver cómo recuperan su capacidad de sorprenderse a sí mismas.

Realizar un grabado en alto relieve es un proceso complejo en el que se involucran tres tareas: dibujar, grabar e imprimir. Es muy común que las personas que se integran a esta actividad en el espacio público, antes de empezar, me alerten y me avisen que no saben dibujar. Aún con eso, los resultados son sorprendentes.

He tenido la fortuna de salir del país justo por ser parte del movimiento ciclista. La primera vez que salí fue a Medellín, Colombia, al Foro Mundial de la Bicicleta. Ahí fui conferencista, tuve una exposición individual en Bellas Artes, comandé un paseo ciclista nocturno de miles de personas, participé como oyente en varias conferencias y tuve mi propio stand, en donde llevaba mercancía como playeras, stickers, gorras y prints.

Y aquella primera vez aún no llevaba mi propio tórculo. Apenas tuve la oportunidad, mandé a construir uno pequeño, portátil, de viaje, que cupiera en una maleta, para que la experiencia del movimiento y la revelación de las primeras estampas de todas aquellas personas que se van sumando al taller de gráfica móvil fuera completa.

La gráfica mexicana en otras latitudes es muy respetada. La gente suele manifestar admiración por lo que históricamente se ha hecho como grabado en nuestro país. Algo que me llama mucho la atención es que no hay muchos talleres de grabado; yo lo atribuyo al ingenio mexicano. Sé que es muy común que las personas que grabamos nos acerquemos a nuestro tornero de confianza, al tornero del barrio, para contarles de una máquina con dos cilindros y con una charola que va y viene, que sirve para reproducir infinitamente las imágenes, y que invertimos todos nuestros ahorros para poder crear esa primera prensa, que quizás tenga algunos detalles que eventualmente se pueden ir ajustando para tener un buen funcionamiento y poder imprimir en casa o en el propio taller. Creo que esa es una gran diferencia.


Cortesía de Roberto Martínez

ODAC: Pensando en ese proyecto: ¿qué te permite la bicicleta que otros medios de transporte no? 

RM: Ser más dinámico, el V Foro Mundial de la Bicicleta se realizó en Santiago de Chile. Allá a las alcaldías les llaman comunas, y el evento se llevó a cabo en cuatro distintas; por poner un ejemplo y dimensionar algo similar a nuestra ciudad, equivaldría a hacerlo en el Centro Histórico, Iztapalapa, Coyoacán y Benito Juárez. Todos los días, como participante del evento, teníamos que pedalear a estos diferentes sitios.

Mi propuesta para la organización, además de ser conferencista, fue compartir talleres de grabado. Volé con mi bici, y mis acompañantes que siempre han sido mi mamá y mi papá, consiguieron bicicletas públicas similares a las de Ecobici que tenemos en la Ciudad de México. Además de poder conocer y leer la ciudad de manera distinta a través de la bicicleta, esa capacidad de carga y dinamismo que tiene este vehículo me permitió llevar con cierta facilidad el taller de grabado a estos cuatro puntos, donde pude compartir la técnica de grabado en alto relieve.

Me gusta pensar también que es revelador, pues se conoce a su ciudadanía. Se leen de otra manera las calles, con mayor lentitud y disfrute; la lectura sensorial es más amplia: sus baches, sus veredas, sus ciclovías, el estado de ellas, la comida, la altimetría, sus microclimas y la diversidad de sus barrios.

Recuerdo algo muy divertido en Chile: los perros seguían a los grupos ciclistas acompañándolos, escoltándolos, como en aquellas marchas y protestas que suceden en esta ciudad, en donde los perros son aliados de los manifestantes y, como si tuvieran una gran conciencia social, que estoy seguro de que la tienen, muerden a los pacos o policías, como los nombran allá.


Cortesía de Roberto Martínez

ODAC: Varios de tus trabajos son colectivos y de largo aliento. Pienso en el Taller Móvil pero también el Tzompantli monumental del 2025. ¿Por qué decides trabajar de esta manera?

RM: Soy como esa abuelita que, ante una pequeña reunión, cocina grandes ollas, cazuelas o vaporeras de pozole, mole o tamales. Es decir y no sé si esto esté permitido en el medio, me mama el exceso. Lo he trabajado en terapia psicológica; puede ser el síntoma, la señal o la sensación de que la vida es efímera.

Ante las diversas situaciones médicas adversas que he vivido, a veces siento que lo que hago hoy podría ser mi último proyecto o mi último aliento.

Por otro lado, al tener tan cerca el ciclismo una disciplina que exige llevar al cuerpo al límite, traslado esa misma intensidad a mis proyectos artísticos, a los que se suma el grabado en madera en gran formato. Es en estas disciplinas donde radica el verdadero reto, ya que, en teoría, por ser una persona con discapacidad no debería realizar ciertas actividades: ni transitar carreteras y recorrer grandes distancias sobre una bicicleta, ni tallar estampas monumentales que ocupen la totalidad de una galería.

Creo que la práctica deportiva me ha dado un espíritu competitivo y el impulso de crear obras de gran impacto. Esa misma exigencia la traslado a la xilografía de gran formato, una formación que recibí en el Taller José Guadalupe Posada comandado por el maestro Pedro Ascencio, donde cada semestre los grabados en madera debían ser gigantes.

Este espíritu se refleja claramente en el Tzompantli Gráfico Monumental. Recuerdo que en la primera edición en 2019 no permití que nadie grabara sobre linóleo, un material suave y amigable; todas las personas participantes trabajaron sobre MDF, un aglomerado mucho más duro que demanda un mayor esfuerzo físico. En cada edición me ha sido muy grato y divertido ir aumentando la participación, lo que implica invitar a más gente y crear las dinámicas adecuadas para sumarla. En ese sentido, el taller móvil nos ha dado la capacidad operativa para trabajar con un gran número de personas sin conocimientos previos en la talla, permitiéndoles integrarse sin problemas.

En las sesiones del taller móvil suele haber un promedio de 25 participantes. Recuerdo una ocasión en la que compartimos taller al aire libre en el Parque Rojo de Guadalajara: en tan solo tres horas, 67 personas de todas las edades que nunca habían grabado crearon su primera estampa. Hace tres años llevamos esta misma dinámica a una primaria de Michoacán para compartir la técnica con 70 estudiantes.


Fotografía de Cristina Bustamante

ODAC: No sólo produces, sino que también enseñas, pues impartes talleres de gráfica. ¿Piensas que tu práctica artística se nutre o complementa con tu trabajo como educador? ¿En qué se parecen y en qué se diferencían? 

RM: Fundé mi taller con la intención de que fuera un espacio exclusivamente personal de producción. Consciente de que la gráfica siempre demanda un par de manos extra para manipular las placas, el tórculo y el papel, abrí las puertas. Sin embargo, compartir la enseñanza en el corazón del taller transformó por completo el sentido del espacio.

Más allá de la producción personal, la venta de obra y la comercialización de mis propias creaciones, ha sido muy satisfactorio ceder el lugar y dar un paso a un costado para que otros experimenten el filo de las gubias, la dureza de los materiales y esa reconexión con el sentido del tacto y del oído.

En mi formación académica llegué a escuchar a maestras y maestros decir, aún sin entender del todo el significado, que ellos también aprendían de sus alumnos y que el aula era un espacio de aprendizaje mutuo. Lo vine a entender hasta ahora que doy clases.

Creo que el hecho de no ser una academia institucional, al no figurar como una materia en el historial de una facultad de artes, permite revelar un interés genuino por la disciplina y el oficio del grabado. Por fortuna, celebro formar parte de los procesos de aprendizaje y experimentación gráfica de personas que se acercan al taller desde profesiones muy diversas: abogadas, contadoras, médicos, arquitectos, veterinarias, antropólogos y muchas más.

Esa constante producción, investigación y experimentación personal se suma a la gran responsabilidad de estar frente al grupo. Es una invitación constante a mantenerme actualizado y a acompañar los proyectos personales de investigación de mis alumnas. Cuando veo que han madurado de manera considerable en la disciplina, el siguiente paso es invitarlos a proyectos expositivos. Aunque sigan siendo mis alumnos, completar la experiencia creativa implica crear proyectos de investigación e imágenes que forman parte de una exposición, ya sea a través de convocatorias propias que he ideado con el tiempo o mediante convocatorias nacionales e internacionales de gráfica.


Cortesía de Roberto Martínez
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