Nadie quiere ir al estudio de una artista que tiene pádel a las 6

Nadie quiere ir al estudio de una artista que tiene pádel a las 6

Hay frases que una coleccionista puede decir sin producir ninguna alteración en el orden del universo.

“No puedo a las seis porque tengo pádel”.

Perfecto. Natural. Probablemente tiene una botella de agua cara, una agenda organizada por colores y sabe desde el lunes dónde va a cenar el viernes.

Ahora que lo diga una artista.

“No puedo recibirte en el estudio a las seis porque tengo pádel”.

Raro.

No debería serlo. Una artista puede jugar pádel. Puede jugar golf. Puede tener seguro de gastos médicos mayores, dormir ocho horas, declarar impuestos en tiempo y forma y llevar una alimentación rica en fibra. Puede tener un plan de retiro, una aspiradora Dyson y hacerse estudios de sangre cada seis meses.

Ninguna de estas cosas modifica químicamente el óleo.

Pero como que hay algo que no encaja.

Porque existe una pequeña fascinación alrededor de la artista desordenada, bohemia, pandrosa, con cierta simpatía por las sustancias y sin demasiados signos de solvencia. Imaginamos que alguien así está divirtiéndose mucho más que nosotras. Necesitamos creerlo. Alguien tiene que mantener viva la esperanza de que hay un mundo con otras reglas.

Nos gustan los estudios llenos de cosas. Las mesas imposibles. Los materiales acumulados. La ropa manchada. Los horarios raros. Los ceniceros improvisados. Incluso cierta incompetencia administrativa puede adquirir encanto cuando viene acompañada de talento.

Todo eso parece decirnos que hay alguien demasiado ocupada haciendo arte como para ocuparse correctamente de la vida.

La gente ordenada quiere ver gente pandrosa.

Tiene sentido.

Entrar al estudio de alguien que aparentemente desconoce la existencia de los cajones ofrece una pequeña probadita de otra forma de vida.

También de otro sistema de preocupaciones.

El cuerpo, el extractivismo, el deseo, la muerte, el colonialismo, los hongos, los archivos familiares, la violencia de la imagen, una tela que lleva cuatro meses enterrada en algún lugar de Morelos.

La artista puede haber estudiado un MFA en el extranjero. Puede vender obra carísima, viajar a ferias, tener una buena casa y ganar bastante bien. Lo importante parece ser que conserve suficientes signos de que su vida funciona bajo reglas ligeramente distintas.

Quizá por eso el estudio sigue teniendo tanta importancia. No vamos únicamente a ver objetos. Vamos también a comprobar una ficción.

Queremos ver dónde trabaja, cómo vive, qué acumula, qué deja tirado. El estudio permite comprobar que la persona que hizo esas obras también lleva una vida que se parece a nuestra idea de la vida de una artista.

El personaje es extraordinariamente reconocible.

Sabemos cómo se viste.

Sabemos cómo es su estudio.

Sabemos aproximadamente a qué hora va a llegar.

Sabemos lo que piensa del capitalismo.

Sabemos, incluso, más o menos a qué huele.

Pero a veces una empieza a atribuirle demasiadas cosas al hecho de ser artista

No contesté el correo porque soy artista. No sé cuánto gasté produciendo la pieza porque soy artista. Hay siete vasos con agua en mi estudio y no estoy completamente segura de cuál es de hoy porque, bueno, mírame.

Artista.

Quizá convendría considerar una posibilidad menos emocionante:

que eres desordenada.

Una persona desordenada existe en todas partes. En una aseguradora probablemente tiene un escritorio espantoso. En el arte puede tener aura.

La artista pandrosa puede imaginar que su forma de vida demuestra hasta qué punto se encuentra fuera de las convenciones ordinarias. 

Pero resulta que la artista pandrosa es uno de los personajes más perfectamente reconocibles del mundo del arte.

La artista pandrosa es extraordinariamente convencional en su manera de parecer artista.

Cumple bastante puntualmente con una de las expectativas más antiguas que el mundo del arte tiene sobre ella.

Por eso me interesa la otra. La que a las seis tiene pádel.

Esa es mucho más anómala.

Una artista puede tener dinero. Parece que lo verdaderamente desconcertante es que se comporte como si lo tuviera.

La artista pandrosona confirma el mito. La del pádel plantea una posibilidad ingrata: que ser artista no venga necesariamente con un estilo de vida. 

Si eso fuera cierto, cierta cantidad de valemadrismo que hemos interpretado como signo de excepcionalidad tendría que volver a ser considerada simplemente valemadrismo.

Peor aún: algunas de las personas que parecen vivir más afuera de las convenciones podrían estar cumpliendo escrupulosamente con las convenciones de su propio medio.

Ahí es donde la artista del pádel se vuelve ¡contestataria!

Resulta que la punk era ella.


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2 comentarios

esto debió quedarse en tus drafts, jajaja

artista pandrosona

Qué bello texto. Sí. A veces se asocia un concepto de ser artista a un “es que una artista debería verse así o actuar así”. Como dicen por ahí “muy edgy para ser normie y muy normie para ser edgy”, quizás ser abiertxs a las infinitas gamas de personalidad de una artista nos permita apreciar lo chido que pueden ofrecer como artistas y como personas. Saludos!

Brus

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