¿Por qué no ha habido grandes artistas en mi generación?: una revisión de las oportunidades laborales reales para estudiantes de Artes

¿Por qué no ha habido grandes artistas en mi generación?: una revisión de las oportunidades laborales reales para estudiantes de Artes

Por Julieta Delgado

En 1971, Linda Nochlin publicó un artículo que se convertiría en referente obligado para pensar la producción artística como resultado de las condiciones estructurales en las que se desarrolla: ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas? Retomo su pregunta como guía de este texto no para repetirla, sino para desplazarla al presente. 

Me titulé en Artes Visuales por parte de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda” en la generación 2018 -2023, después de perder un semestre y cursar otro extra como premio de consolación por haber completado mis estudios en línea, durante la pandemia. Mi primer trabajo después de titularme fue en la tienda de un restaurante famoso, después fui asistente en una galería y actualmente trabajo dentro de Obras de Arte Comentadas. 

Suena fácil, pero la realidad es que pasé varios años sin saber de qué podía trabajar: me di cuenta al egresar que las habilidades que había aprendido durante la carrera de poco servían en el mundo del arte, mucho menos fuera del mismo. De hecho, la lista de las cosas que no aprendí a veces parece ser más larga que la lista de cosas que sí aprendí. Por ejemplo: no aprendí a hacer un certificado de autenticidad, ni a ponerle precio a una obra, ni a estructurar un presupuesto para un proyecto. Tampoco aprendí cómo tratar con una galerista, ni cómo embalar una obra de gran tamaño, mucho menos cómo funcionan los porcentajes de comisiones de ventas cuando un intermediario vende tu trabajo. 

Si una pregunta en un grupo de Facebook de aspirantes a la Esmeralda qué puede esperar de estudiar ahí, las respuestas son alguna variación de lo siguiente: no esperes adquirir habilidades técnicas ni esperes lograr vivir de la venta de tu arte. Espera adquirir los conocimientos necesarios para plantear un proyecto de investigación. ¿Y luego?

Meme compartido por Pepe Retana, ex-compañere de la Esmeralda.

La realidad es que no todas podemos vivir de vender nuestro arte, simple y sencillamente porque el arte no se vende ni circula solo. Las particularidades de las redes de circulación del arte no son el tema de este ensayo, pero es importante considerar que en el campo de las artes juegan múltiples agentes: curadoras, montajistas, dealers, subastadoras, educadoras, entre muchas otras. Preparar a las personas para cumplir un único rol dentro de esta multiplicidad es un error, por no decir una franca negligencia. 

Una de las anécdotas que más recuerdo de mis años en la Esmeralda fue cuando una profesora, quizá la directora en aquel entonces, nos dijo con mucha seguridad: “El 90% de ustedes no va a vivir del arte.” En realidad no hay nada inherentemente malo con esta afirmación. Si bien parece desalentadora, es mejor ser realistas desde un inicio. El problema comienza cuando continúas ofreciendo una educación que deliberadamente ignora este contexto. 

Entonces: ¿Por qué no ha habido grandes artistas en mi generación? Evidentemente, se trata de una pregunta trampa: no pretendo descalificar el trabajo de mis colegas ni defender una definición única de grandeza. Todo lo contrario: la pregunta me parece útil como detonador por lo que implica su consecuencia. Si no hay grandes artistas en mi generación ¿qué sí hay?  

Ya he hablado desde mi propia experiencia: mi perfil se alinea mucho más con el de una gestora cultural que con el de una artista. Esto se debe a que, desde la carrera, tendí a buscar experiencia en ese sector: fui voluntaria en el Museo Arte Alameda; colaboré con un festival de cine independiente escribiendo reseñas de películas y cubriendo eventos e hice mi servicio social en el Museo Carrillo Gil.

Todas estas instituciones me recibieron siendo estudiante de 4º y 5º semestre, con absolutamente ninguna experiencia. Gran parte de lo que sé hacer ahora lo aprendí dentro de ellas. Si algo podemos deducir de ello es que sí existe una demanda por personas con conocimiento en artes dentro de los sectores de educación y divulgación, aunque se trate, coincidentemente, de los sectores más castigados en cuestión de financiamiento. En una ocasión en Arte Alameda, por ejemplo, debíamos dar un taller de pintura sin pinceles, ni pintura. No se trata de ignorar la precariedad que permea estos sectores, pero sería deshonesto no reconocer que fueron estos lugares los que me permitieron construir un currículum lo suficientemente fuerte como para después insertarme como profesionista de las artes.

Pienso en otras personas de mi generación que han logrado encontrar un nicho particular dentro del campo de las artes, que no necesariamente pertenece al de la producción. Está, por ejemplo, mi amiga Valeria Lugo, que trabaja como diseñadora en La Hydra, un espacio independiente enfocado en la producción, venta y reflexión fotográfica. También están Jozadak y Alejandro Ponce, quienes trabajan dentro del estudio de producción Radio28CS y la asociación independiente Arte Abierto, respectivamente. Isaac como Coordinador de Arte y Educación, Alejandro como parte del equipo del Programa Público.

Una coincidencia interesante en los procesos de inserción laboral de mis compañerxs de generación es la forma en la que llegaron a sus trabajos actuales: por medio de recomendaciones. Valeria e Isaac, por ejemplo, entablaron relaciones cercanas con docentes de la Esmeralda que, posteriormente, lxs recomendaron con otras personas dentro del campo. Esta información podría hacernos saltar a la conclusión más sencilla (y popular) sobre cómo se obtiene un trabajo en artes: por medio de contactos. O las más sonadas en redes sociales: nepotismo, amiguismo, o alguna otra variante con terminación en -ismo. No niego la existencia de estos fenómenos. Sin embargo, escuchar las historias de personas cercanas a ti, que sabes que trabajan arduamente, dificulta mucho la pertinencia de estos conceptos para describir sus carreras. No sólo eso, sino que sucumbir al impulso de tachar estas conductas como poco éticas resulta simplista cuando se trata de fenómenos normales en cualquier campo. ¿Cuántas de nosotras no hemos recomendado a alguna amiga que busca trabajo?* 

Existe también una serie de espacios y proyectos culturales fundados por personas de mi generación que no solamente responden a necesidades de exhibición, educación y venta de arte, sino que también llevan más de 2 años en activo. Esto me parece importante porque sostener un proyecto cultural de manera autogestiva durante más de un año en un país en el que la inversión pública al sector cultural sufre recortes cada vez más severos es, en sí mismo, un logro. 

Imagen de mi amigo y compañero de generación Max, co-fundador de Vértice Subastas.

Vértice Subastas, fundada por mis amigos Maximiliano Pérez y Miranda Couture, es una subasta itinerante de obra de artistas emergentes que inició durante la pandemia, un poco como un juego. Su primera edición consistió en la subasta de obras con valor de 100 pesos mexicanos, y este año tendrán su sexta edición durante la Semana del Arte en Ciudad de México. 

También está el espacio expositivo Proyectos Puente, fundado a principios de  2023 por Klausen Baena, Iván Valencia y Brandon Morales. Puente funciona por medio de convocatorias abiertas para artistas que buscan exhibir de manera individual, aunque su equipo también ha curado exposiciones colectivas. O Casa Espiral, un colectivo formado por Jessica Islas, Javier Velázquez (Cien nombres) y Pepe Aréchiga, dedicado a la gestión cultural con un enfoque pedagógico. Además de organizar talleres, charlas y exposiciones, Casa Espiral maneja un proyecto editorial llamado Bandera. 

Imagen de lxs integrantes de Casa Espiral en compañía de Abraham Cruzvillegas, durante la presentación del sexto número de su proyecto editorial Bandera

No todxs mis compañerxs se han dedicado a la gestión cultural. Hay otra parte de egresadxs que se han enfocado en la docencia, tanto en instituciones públicas como privadas. También hay personas que se dedican al diseño editorial, la fotografía comercial, el tatuaje, y otras más que han abandonado por completo su práctica artística para dedicarse a otras cosas. De hecho, el abandono de la práctica propia es común incluso en personas que sí nos seguimos dedicando a cosas de arte: casi todxs mis compañerxs me cuentan que la falta de ingresos estables, por un lado, y la falta de tiempo, por el otro, les han obligado a abandonar, pausar o disminuir el ritmo de la producción artística. Me parece importante señalar esto no porque sea malo, sino porque confirma aquello con lo que nos dieron la bienvenida en la Esmeralda: no todas vamos a dedicarnos a la producción de obra, y está bien. 

Entonces, si una no va a la escuela de artes para aprender a ser artista ¿para qué va? 

Creo sinceramente que lo que realmente puede ofrecer la escuela de artes en general, y la Esmeralda en particular, es un tiempo y un espacio fijos para la producción artística. No más pero tampoco menos. Como ya lo he mencionado, esto no es suficiente para garantizar una carrera exitosa, prolífica o por lo menos constante como artista. Pero tampoco me atrevería a aseverar que no sirve para nada o que es imposible construir una carrera artística a partir de las facilidades que ofrece la escuela. Al final, si algo aprendí de la escuela de artes es que el talento no existe, pero sí la disciplina. 

Confieso que una de las razones por las que me interesaba escribir este texto nace de la comparación de mi propia carrera con la de otrxs egresadxs de la Esmeralda pero de generaciones más recientes. En octubre del año pasado fui a la novena edición de Trámite Buró de Coleccionistas en Querétaro a realizar una cobertura por parte de ODAC. Me sorprendió que una gran parte de lxs artistas presentes fueran personas varios años más jóvenes que yo, egresadxs de mi misma universidad. Platiqué con personas que no tenían ni 6 meses de haber egresado, y también con otras que aún no terminaban sus estudios. Evidentemente no pretendo cuestionar la presencia de artistas jóvenes en una feria de arte jóven; mas bien me preguntaba: ¿cómo le hicieron? ¿Por qué ellxs sí y mi generación no?

Una de las piezas más bonitas que vi en Trámite 009: ¿Recordará la madera la marea? de Rafael Flores, recién egresado de la Esmeralda

Creo que este cuestionamiento nace del prestigio y el mito que rodean a la Esmeralda y a otras escuelas de artes. Más allá del legado histórico que la ha consolidado como cuna de artistas tanto modernos como contemporáneos (no olvidemos que por sus aulas han pasado, en calidad de estudiantes, artistas como Estrella Carmona y José Luis Cuevas. En calidad de docentes, han impartido clases artistas de la talla de Abraham Cruzvillegas y Sofía Taboas), gran parte del atractivo de la Esmeralda yace tanto en su planta docente como en la plataforma que parece ofrecer para artistas emergentes. En vez de concebirla como un espacio de formación común y corriente, la Esmeralda parece haberse ganado un lugar en nuestro imaginario común como un ente que por sí mismo destinará a quienes pasamos por ella, de alguna manera u otra, al éxito artístico. Las especificidades de este salto al estrellato parecen siempre misteriosas y únicamente dependientes de haber estudiado ahí, no de acciones concretas. Como nos dijo Paloma Conteras Lomas en una visita a su estudio realizada a finales del año pasado: existe un camino de éxito comúnmente aceptado para artistas en México que consiste en pasar de estudiar en la Esmeralda a SOMA, y de ahí a la representación por parte de una galería importante. El cómo se pasa del punto A al B y luego al C es lo de menos. ¿Y lo que viene después de haber completado esta peregrinación?

Quizá el problema es que los marcadores de éxito en una carrera artística difícilmente se traducen en inserción laboral o estabilidad económica por sí mismos. Las becas se acaban, las representaciones no aseguran ventas y las exposiciones a veces generan más gasto que ganancia. Pero esto se aprende a la mala, en la vida real; en la escuela de artes, se convierten en tus únicas aspiraciones. 

Y a pesar de ello, a veces ni la escuela misma es capaz de ofrecer todos esos apoyos que, en teoría, lograrían catapultarnos al éxito artístico. 

Un ejemplo: Es tradición que La Esmeralda organice una exposición colectiva de egresados. Esta exposición es curada por un profesor o profesora de la misma escuela con experiencia en, valga la redundancia, curaduría. Muchas recién egresadas apuntalan ésta como su primera exposición importante, pues no sólo se cuenta con un acompañamiento profesional a lo largo de casi un año, sino que también se lleva a cabo en un espacio institucional reconocido: las galerías centrales del Centro Nacional de las Artes.

Las manos quietas, exposición de egresados del 2018, fue la primera exposición de egresadas que vi, meses antes de entrar yo misma a clases. Recuerdo que la calidad técnica y la profundidad conceptual de varios de los trabajos expuestos fueron lo que me convenció de que había tomado la decisión correcta al decidir estudiar en la Esmeralda: yo también quería lograr lo que otras egresadas antes de mí habían logrado.  

Imagen de la instalación Mala hierba nunca muere de Valentina Lara, vista durante la exposición Las manos quietas

Sin embargo, mi generación jamás llegaría a participar en la prometida exposición de egreso: en 2020, durante nuestro cuarto semestre, inició la pandemia por COVID-19. No quisiera detenerme en la consecuencias particulares que esto representó para un plan de estudios erigido sobre la enseñanza práctica en talleres mas allá de señalar lo obvio: llegado el regreso a clases presenciales en 2023, ni nuestros conocimientos teóricos ni nuestras habilidades técnicas estaban a la altura de lo que cabría esperar para artistas en proceso de titulación. 

A esto se sumaron una serie de conflictos internos que derivaron en la renuncia –o despido, dependiendo de a quien se le pregunte– de una parte importante de la planta docente, así como en un cambio irregular de dirección. Todo esto ocurrió durante nuestros últimos dos semestres de carrera, conocidos como Etapa Final: el momento en el que, con el acompañamiento de dos asesores, se desarrolla un proyecto que funciona tanto como trámite de titulación como carta de presentación ante el mundo del arte. 

Muchxs profesorxs dejaron de dar clases y varias personas, incluyéndome, nos quedamos sin uno o sin ambos asesores de tesis. Algunos procesos de titulación se apresuraron; otros se retrasaron considerablemente. En los casos más desafortunados, hubo quienes tuvieron que terminar sus tesis sin acompañamiento, y además presentar un examen de titulación en el que ninguno de los sinodales conocía sus proyectos. 

Quizá la consecuencia más importante fuera la incertidumbre en torno a la realización de la exposición de egreso y su consecuente fracaso. Una de las personas que terminó abandonando la escuela durante la época fue el Coordinador de la Etapa Final, que también era el encargado de la gestión de dicha exposición. En medio del conflicto, probablemente aquella no fuera una de sus prioridades; el trabajo de gestión simplemente no se realizó y eventualmente se nos avisó que la exposición no podría realizarse en el CENART, pues sus galerías ya estaban reservadas hasta el siguiente año.

Para entonces, muchas personas ya trabajábamos o habíamos dejado atrás nuestra etapa universitaria. Esta noticia no hizo más que confirmar lo que el abandono institucional ya nos había sugerido: era momento de pasar página. Buena parte de la generación decidió no participar en la exposición, ya fuera por falta de tiempo y energía, o porque la sede alternativa propuesta no resultaba ni conveniente ni atractiva.

El coordinador de la Etapa Final, en un último gesto de solidaridad antes de abandonar definitivamente sus labores como docente, logró conseguir al Centro Cultural del México Contemporáneo como sede para la muestra. Si el nombre del lugar les resulta ajeno, no se preocupen: nadie de la generación conocía el lugar antes de ello.

Al no haber participado, tuve que preguntarles a mis amigas por su experiencia. Todas me contaron historias francamente tristes: tenían el lugar, sí, pero no planos actualizados del mismo. Tampoco hubo curadorxs ni mediadorxs entre lxs estudiantes y la institución, lo que dio como resultado una exposición apresurada, mediocre, sin coherencia temática ni conceptual. Además, aunque el acuerdo inicial era que la exposición estaría abierta al público del 14 de septiembre hasta el 29 de octubre de 2023, la institución solicitó que se desmontara todo al día siguiente de la inauguración.

A modo de contraste, la exposición de egresados más reciente, titulada Instrucciones en blanco, no solamente cumplió con un ciclo expositivo de un mes dentro del CENART, sino que también contó con difusión institucional y cobertura en medios como el periódico La Jornada.

Imagen promocional de la (fallida) exposición de egresados del 2023, realizado por mi amiga Mabel 

Sería injusto atribuir la falta de reconocimiento o visibilidad de mi generación exclusivamente a los fallos institucionales que atravesamos. Pensar así implicaría reducir procesos complejos —trayectorias personales, contextos económicos, redes de circulación, decisiones individuales— a una única causa. Sin embargo, también sería ingenuo negar que dichos fallos impactaron de manera directa en la calidad de nuestra formación y, por ende, en la solidez de nuestros discursos plásticos y conceptuales.

La pregunta correcta nunca fue por qué no ha habido grandes artistas en mi generación, sino qué tipo de profesionalización fue posible bajo estas condiciones. Porque si algo resulta evidente al mirar con atención a mis compañerxs es que, aunque (aún) no abundan los nombres consagrados por el circuito artístico, sí existen gestoras culturales, educadoras, diseñadoras, coordinadoras de programas públicos, mediadoras y trabajadoras del arte profundamente competentes. Personas que sostienen, muchas veces desde la precariedad, los espacios, proyectos y procesos que permiten que el arte exista y circule.

El problema, entonces, no es la falta de talento ni de disciplina, sino un modelo educativo que continúa formando a todxs como si el único horizonte posible fuera el de la producción artística individual. Un modelo que insiste en preparar artistas para un campo que, en la práctica, sólo puede absorber a unxs cuantxs, mientras desatiende la multiplicidad de roles que conforman el ecosistema artístico y que, en muchos casos, ofrecen mayores posibilidades de inserción laboral y estabilidad económica.

Salir de este esquema no implica abandonar la producción artística ni renunciar a ella, sino reconocer que el campo del arte es, ante todo, un entramado colectivo.

* Hay una investigación realizada por el MIT que postula que, en la búsqueda de trabajo, tus conocidos casuales son quienes pueden resultar de mayor ayuda.

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