YO ❤️ ALUCINAS
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Por Baby Solís
A menudo termino metida en situaciones absurdas, ridículas, casi inimaginables para cualquier adulta que tenga que pagar la renta.
Una vez, por ejemplo, me acusaron de sionismo (?) por conducir un conversatorio en un museo.
Ni siquiera por decir algo particularmente sionista.
Por conducirlo.
Hay trabajos en los que una puede equivocarse en un Excel. En el mío, aparentemente, puedes alterar el equilibrio geopolítico de Medio Oriente sosteniendo un micrófono adentro de un museo.
También me han acusado de ser de derecha por sugerir que las artistas tienen capacidad de tomar decisiones, de neoliberal por hablar del mercado del arte sin persignarme antes y alguna que otra vez, de defender a una institución por señalar que una crítica en su contra no se sostiene argumentativamente.
Mi vida ideológica es extraordinariamente intensa para una persona que buena parte del día está contestando correos, corrigiendo captions y preguntando si ya mandaron el PDF.
En medio de todo este nonsense he encontrado un refugio bastante inesperado: las alucinas[1].

“Imagínate lo poderosa que eres que un grupo de inservibles tuvo que juntarse para atacarte”.
Todas se ríen de las alucinas.
De esas mujeres convencidas de que el mundo las envidia, de que su brillo incomoda, que donde pisa leona no deja huella gata y que sus enemigas tienen grupos de WhatsApp dedicados a ellas.
Pero a mí siempre me han gustado.
El mundo del arte tiene un vocabulario enorme para explicar conflictos cuando puede volverlos estructurales: misoginia, precarización, violencia simbólica, exclusión, jerarquías, institucionalidad, clase.
Pero se queda bastante torpe frente a motivaciones humanas pequeñas, carnales y poco prestigiosas: envidia, celos, rivalidad, ganas de chingar, querer lo que tiene otra persona, resentir que a alguien le vaya bien, copiarle algo mientras dices que lo suyo no sirve.
Hay situaciones sociales tan ridículas que el lenguaje respetable las empeora. Podría decir que he atravesado dinámicas de hostilidad, misoginia, violencia simbólica, disciplinamiento y bla bla bla. Podría buscar un concepto. Podría citar a alguien. Podría hacer de todo esto una pequeña teoría. Pero nel.

Para esas cosas, las alucinas tienen un vocabulario completísimo.
“No quieren tener lo que tú tienes. Quieren que tú no lo tengas."
“No te celebran pero te estudian."
"Mientras no sean capaces de decirme las cosas en la cara, a mí no me odian, a mí me respetan."
“De aquí arriba no se escuchan, ládrenle mejor."
Frases que, escritas sobre la foto de una mujer voluptuosa con lentes Gucci, producen risa.
Hasta que conoces a alguien que se la vive explicando por qué tu trabajo no tiene importancia mientras dedica una cantidad sorprendente de su tiempo a hacerlo.
Hasta que alguien que lleva años cuestionando lo que haces empieza, poco a poco, a hacer exactamente lo mismo.
Hasta que alguien dice que lo que haces no sirve, se sale de tu grupo, funda su propio grupo, lo define por oposición al tuyo y se lleva a varias personas que conoció ahí.
Una podría buscar una explicación estructural, sociológica, antropológica. Rastrear las condiciones materiales que produjeron el conflicto, localizar las asimetrías de poder, analizar las subjetividades producidas por el campo, identificar los dispositivos que operan detrás de todo esto y convocar a Bourdieu para explicar por qué unos tipos llevan tres años pendiente de todo lo que subes.
Todo lo cual sería larguísimo, aburridísimo y bastante inútil para el caso que nos ocupa: puedes movilizar medio departamento de Ciencias Sociales y seguir sin una categoría exacta para “esta persona está ardida”.
La alucina necesita tres palabras:
“Te tienen envidia”.
Sube una selfie en su G-Wagon y sigue con su día.
Yo también.
