Yo no choqué, me chocaron
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Hay textos que me dan ganas de discutir y hay textos que me dan gastritis. Este me dio gastritis¹.
No porque critique una bienal. Criticar bienales es divertidísimo. Son enormes, caras, presuntuosas, están llenas de gente diciendo cosas como “prácticas situadas” mientras espera un Uber Black. Material sobra.
El texto hace preguntas que yo también haría. ¿Por qué no compartir la dirección artística con alguien de la escena local? ¿Cómo se decidió incluir a ciertos artistas y mediante qué proceso se entiende su reintegración al circuito después de los señalamientos públicos en su contra?². No estoy pidiendo su expulsión eterna: genuinamente me interesa saber cómo ocurrió ese regreso.
También me ondea esa vieja maña de Abraham Cruzvillegas de hacer exposiciones y llamarlas “organizadas” o hasta “desorganizadas” con tal de no decir curadas³. Caballero, usted está curando. Pero aquí, en una bienal de esta escala, “director artístico” me parece un cargo perfectamente lógico.
Que una galería anunciara el evento antes que la propia bienal, no fue una buena estrategia de medios. Se ve mal y ya. Tampoco es Watergate.
No necesito creer que la bienal es una criatura inocente para discutir ese escrito.
Lo que me da mal cuerpo es otra cosa: el retrato de la artista que termina dibujando este texto.
Una pobre criatura.
Una desvalida.
Alguien políticamente lucidísima que puede identificar el neoliberalismo a tres kilómetros de distancia, detectar una relación de poder debajo de una piedra y explicarte cómo opera la legitimación simbólica internacional, pero que, pobrecita, aparentemente no puede decir que no a una bienal.
“Como artistas no contamos con la autonomía financiera para rechazar la participación en una bienal.”
¿Perdón?
Claro que puedes rechazarla.
Puedes rechazar la bienal. Puedes rechazar la galería. Puedes mandar al museo ALV. Puedes no aplicar a la beca. Puedes dejar de intentar caerle bien a las curadoras. Puedes imprimir tus cosas en la papelería de la esquina, exponerlas en una cafetería rascuacha, fundar una cooperativa, organizar exposiciones en tu casa, hacer arte comunitario, montar un comedor, abrir un canal de YouTube, trabajar con seis personas durante veinte años sin que Artforum se entere jamás de tu existencia.
Puedes.
Lo que no puedes es hacer todo eso y exigir que produzca exactamente los mismos efectos que participar en una bienal internacional.
Ahhhhhhh.
Ese es otro asunto.
Porque entonces resulta que sí queremos la bienal. Queremos la exposición, el viaje, la producción, la foto, la curadora, el coleccionista, la reseña, el currículum, la posibilidad de que alguien algún día diga nuestro nombre en Basilea.
Queremos los beneficios de este sistema, pero no queremos asumir que elegimos participar en él.
Eso es lo que me desespera.
Porque decir “quiero estar aquí” obliga a hacerse cargo del deseo. Quiero entrar. Me conviene. Me emociona. Me da dinero. Me da oportunidades. Me importa que me vean. Perfecto.
Pero “no contamos con la autonomía financiera para rechazar la bienal” hace una pequeña maravilla: transforma una elección condicionada en una fatalidad.
Yo no llegué aquí porque quise.
A mí me trajo el capitalismo.
Qué conveniente.
Las decisiones tienen costos.
Si realmente crees que el sistema internacional del arte contemporáneo es un aparato de despojo, legitimación neoliberal, gentrificación, especulación y reproducción de desigualdades, existe una posibilidad bastante radical que rara vez aparece en estos textos: no pertenezcas a él.
Construye otra cosa.
Porque estos discursos hablan obsesivamente de estructuras y parecen olvidar un pequeño detalle: las estructuras las hacen personas.
Los museos los fundaron personas. Las galerías las abrieron personas. Las revistas las empezaron personas. Las bienales no brotaron espontáneamente de una grieta del capitalismo tardío una noche de luna llena.
Entonces hagan otras.
De verdad.
Si creen en organizaciones horizontales, háganlas. Si creen en prácticas comunitarias, practíquenlas. Si creen que la relación correcta entre arte y territorio sucede alrededor de una mesa donde nadie tiene más poder que nadie, me parece precioso: pongan la mesa.
Y si ya construyeron un proyecto de arte comunitario, horizontal y arraigado en la región, qué bueno. En serio. Ahí tienen una forma distinta de organizar el arte bajo los principios que defienden. El afuera sí existía.
Lo que no tiene sentido es volver después a la bienal y reclamarle que no funciona bajo las mismas reglas. Una bienal puede aprender de esas formas de organización, puede reformarse, descentralizarse y revisar cómo distribuye sus recursos. Pero seguirá seleccionando, jerarquizando, intermediando y produciendo legitimidad porque ésa es la clase de institución que es. Y probablemente tampoco atienda las inundaciones, los baches, el transporte público ni los apagones que la carta pone sobre la mesa. Amigas, es una bienal. Obras Públicas queda en otra ventanilla.
Armen esas instituciones mejores y después descubran, para su horror, que administrar una institución implica decidir cosas, excluir cosas, conseguir dinero, hacer presupuestos y eventualmente convertirse en esa criatura mitológica que tanto detestaban: alguien con poder.
Les voy a tomar de la mano mientras les digo esto. Aquí viene la mala noticia para la fantasía de la horizontalidad eterna: el arte contemporáneo institucional tiene estructuras porque necesita estructuras.
Santa Claus tampoco existe, pero una cosa a la vez.
A ratos se nos olvida que ésta es una discusión ultranicho dentro del mundo del arte, porque está narrada como si la emancipación del proletariado universal dependiera de quién entra a la Bienal de Yucatán.
El arte contemporáneo institucional tiene selección. Tiene intermediarias. Tiene especialistas. Tiene personas que administran dinero. Tiene coleccionistas. Tiene galerías. Tiene museos. Tiene jerarquías. Tiene gente que decide qué entra y qué no entra.
Podemos discutir cómo funcionan. Podemos exigir mejores honorarios, procesos más transparentes, menos centralización, instituciones menos idiotas. Todo eso me interesa.
Lo que no entiendo es esta fantasía en la que una bienal internacional de sesenta y cinco fakin artistas debería funcionar como una asamblea comunitaria donde pasamos el talking stick y nadie se va hasta que todas estemos de acuerdo.
Son formas de organización distintas.
Antes de que alguien me diga que lo que quiere es un arte contemporáneo no institucional: perfecto. Como dicen en Colombia: “hágale”⁴. Impriman su manifiesto en volantes y repártanlo en su colonia.
Aunque, pensándolo bien, quizá primero habría que convocar una mesa de trabajo para evaluar el posible impacto gentrificador del volante. ¡No vaya a ser!
Pero si estás escribiendo en una revista del medio del arte para discutir cómo debería funcionar una bienal, no estás exactamente en el bosque viviendo fuera del sistema.
Estás disputando sus reglas.
Incluso el impulso reformista es un impulso de permanecer ahí. Quieres que exista la bienal, pero quieres otra bienal. Quieres que existan instituciones, pero quieres otras instituciones: más horizontales, más locales, más comunitarias, con otras formas de repartir el dinero y tomar decisiones.
Perfecto.
Pero siguen siendo instituciones.
Siguen teniendo reglas.
Y alguien va a tener que decidirlas.
Esto es lo que me cuesta entender de la fantasía del afuera. La crítica institucional —la que cuestiona museos, galerías, bienales y demás estructuras del mundo del arte— circula en revistas del mundo del arte, se discute en universidades del mundo del arte, se presenta en museos del mundo del arte y la lee, sorpresa, la gente del mundo del arte.
No hay una tribu incorrupta observándonos desde una montaña.
Estamos aquí.
Todas.
Y si quieres cambiar las reglas de aquí, también estás aquí.
Peor todavía cuando la crítica es anónima.
Ya sé que a esto no le llaman anonimato. La autoría es colectiva, un sindicato imaginario, una voz común, una forma de enunciación política. Podemos ponerle toda la teoría que queramos encima.
Pero si termino de leer y no sé qué personas están dispuestas a poner su nombre junto a lo que acabo de leer, para efectos bastante prácticos eso se llama anonimato.
Lo colectivo no tiene por qué ser anónimo. Se puede escribir entre veinte y firmar veinte.
El anonimato puede ser indispensable cuando alguien enfrenta persecución, violencia o una amenaza. Pero cuando señalas con nombre, apellido y ocupación a las personas que consideras responsables de todos los males de una escena mientras tú firmas como una organización nebulosa, sucede algo muy cómodo: ellas cargan con el costo reputacional de tus palabras y tú no.
La crítica cuesta.
Debería costar⁵.
Si voy a decir públicamente que alguien está haciendo algo dañino, existe la posibilidad de que esa persona deje de invitarme a cenar. Qué tragedia. Quizá una galería deje de contestarme. Quizá pierda una oportunidad. Quizá alguien me odie.
Pues sí.
Eso significa sostener una posición.
Lo contrario es querer el capital simbólico de ser crítica sin pagar la mensualidad.
Volvemos a nuestra artista desvalida.
El texto dice que algún día espera que las artistas tengan “más poder para decidir dónde y bajo qué condiciones mostrar sus artes”.
Mi amor.
Ya puedes decidir.
Puedes decidir hoy a las cuatro de la tarde.
Lo que quieres es que todas tus decisiones tengan las mismas recompensas.
Y eso no existe.
Puedes exponer en la cafetería rascuacha. Puedes exponer en la bienal. Puedes construir durante quince años un espacio autogestionado. Puedes intentar entrar a Kurimanzutto. Puedes hacer un comedor comunitario. Puedes hacer una escultura de tres millones de dólares que necesita doce ingenieras, un museo y un seguro que parece hipoteca.
Cada elección produce una vida artística distinta.
Lo que me resulta insoportable es convertir el deseo de reconocimiento en falta de autonomía.
Porque además termina construyendo una imagen profundamente conservadora de la artista: una persona capaz de diagnosticar el mundo entero pero incapaz de cambiar las condiciones de su propia práctica.
Puede explicarnos el soft power neoliberal.
Puede citar a Lucy Lippard⁶.
Puede identificar la especulación inmobiliaria.
Puede detectar que Catherine Petitgas vive parte del tiempo en Londres e, importantísimo para comprender una bienal en Yucatán: informarnos qué hacía profesionalmente su exmarido⁷.
Pero no puede decir:
No, gracias. No participo.
Eso aparentemente rebasa sus capacidades políticas.
A mí déjenme con una idea menos miserable de las artistas.
Creo que pueden decidir mal. Creo que pueden ser ambiciosas. Creo que pueden querer dinero. Creo que pueden querer prestigio. Creo que pueden construir instituciones horribles y maravillosas. Creo que pueden rechazar una oportunidad que les convenía porque hay cosas que les importan más. Creo que pueden sostener una decisión incluso cuando sostenerla significa perder algo.
Lo que no quiero concederles de antemano es la incongruencia como coartada, la vieja confiable, el “habitar las contradicciones”.
“Todas somos incongruentes” es una frase útil si lo que quieres es no pagar nunca el costo de tus propias convicciones. Claro que todas somos incongruentes. También todas somos egoístas, cobardes y pendejas de vez en cuando y no por eso vamos a fundar una teoría política alrededor de nuestras peores tardes.
Si tu posición política solo sobrevive mientras no te cuesta dinero, oportunidades, prestigio, amistades o una línea en el currículum, entonces quizá el problema no es que el sistema sea demasiado poderoso. O qué,¿no hay artista que resista un cañonazo de 17 mil pesos?
Yo creo que sí pueden actuar.
De hecho, si escribo todo esto es porque todavía creo muchísimo en el arte como un campo de discusión intelectual. Creo que quienes participamos en esto somos personas capaces de tomar posiciones difíciles, sostenerlas, cambiar de opinión, construir instituciones, destruirlas y hacernos responsables de las consecuencias.
Quiero un campo menos pusilánime.
Uno donde no tratemos a las artistas como criaturas a las que hay que proteger de sus propias decisiones. Donde una posición política pueda costarte algo y no corramos inmediatamente a inventar una teoría que explique por qué, pobrecita, no tenías alternativa.
Les tengo bastante más fe que eso.
Prefiero mil veces una artista ambiciosa que reconoce que quiere entrar al museo que una artista que lleva diez años tocando la puerta del museo mientras escribe manifiestos explicando que el problema es que la puerta existe.
Si quieres entrar, entra.
Si quieres cambiarla, cámbiala.
Si quieres construir otra casa, construye otra casa.
Pero por favor no me digas que no puedes salir mientras tienes una mano en el picaporte
Baby Solís
Notas: