Zara

Zara

El otro día me encontré a una artista muy política comprando ropa en Zara.

Creo que le dio pena que la viera. Lo entiendo.

Que te encuentren en Zara siendo artista debe ser como que encuentren a una chef comiendo un Gansito.

Porque una cosa es participar del capitalismo.

Eso ya lo resolvimos.

Lo verdaderamente humillante es que te guste una blusa que también tienen otras 87,000 cabronas.

En el arte todas somos singulares.

Tenemos prácticas.

Investigaciones.

Universos estéticos.

Una relación muy particular con el cuerpo, el territorio y los materiales.

Y luego:

talla M, por favor.

Por supuesto, no la juzgué.

Estaba ocupada buscando la misma blusa.

Yo también conozco el oso de que te vean comprando en Zara.

Hay un momento en tu carrera en el que sientes que tu guardarropa ya debería haberse enterado de a qué te dedicas.

Un pantalón de una diseñadora japonesa que sólo produce siete al año.

Un vestido de alguien que conociste en una residencia en Bélgica.

Una bolsa sin logo que cuesta lo mismo que un Tsuru.

Algo que diga:

esta mujer va a lugares y sabe cosas.

Pero el gusto es una cosa misteriosa.

Y ahí estás.

En las rebajas de Zara.

Con la artista política.

✷

Exégesis:

Este texto examina la exigencia de singularidad dentro del mundo del arte y la manera en que ésta puede extenderse de la práctica artística a la construcción de la apariencia personal. Parte de una escena cotidiana —la vergüenza de ser vista comprando en Zara— para preguntarse por qué el consumo de algo masivo puede resultar incómodo en un medio que concede tanto valor a lo particular, lo excepcional y lo distintivo.
El texto se niega deliberadamente a seguir una lectura habitual de la moda centrada en afirmar su dimensión política, el consumo ético o la congruencia ideológica. Esa negativa responde también a un cuestionamiento de cierta crítica cultural prefabricada, capaz de aplicar las mismas categorías a objetos distintos hasta producir conclusiones previsibles. La pregunta que propone es qué otras cosas pueden observarse cuando esa interpretación deja de funcionar como destino obligatorio.
Su argumento se concentra en la tensión entre la singularidad que se construye profesionalmente y la experiencia ordinaria de compartir gustos con miles de personas. El guardarropa aparece así como un espacio en el que también se representan pertenencia, conocimiento y distinción dentro del mundo del arte
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1 comentario

Es que aunque tengas el gusto, no necesariamente tienes el gasto. La paradoja que vivimos los que tenemos cierta “educación” o entrenamiento artístico, es que aprendemos a apreciar el diseño y el arte pero no necesariamente pertenecemos a la clase alta que tiene los medios para adquirir este tipo de piezas de precios exorbitantes y distribución muy limitada. Yo tenía un amigo millonario que compraba y usaba puros artículos de marcas de lujo, era como buchón pero frecuentemente me preguntaba sus dudas sobre diseñadores o marcas menos conocidos, y cuando le corregía la pronunciación, o le explicaba algo, me contestaba con una frase de broma pasiva/agresiva: “mana, tú sabes decirlo, pero yo, puedo comprarlo”. Pues sí, y los y las demás compramos piezas derivativas en Zara o H&M porque nuestro potencial de adquisición es intelectual o estético, no monetario…

Nadia Sánchez

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